“Entonces respondió Moisés a Jehová, diciendo: Ponga Jehová, Dios de los espíritus de toda carne, un varón sobre la congregación, que salga delante de ellos y que entre delante de ellos, que los saque y los introduzca, para que la congregación de Jehová no sea como ovejas sin pastor.” (Nm. 27:15-17)
Los cuarenta años posteriores al Éxodo fueron una época de pruebas y dificultades para los israelitas, y una época de angustias y paciencia para Moisés. Durante cuarenta años, no hubo un solo día en que los israelitas no preocuparan a Moisés. Se quejaban contra Dios y Moisés por diversas razones: por no tener comida ni agua y por estar en un viaje difícil. Se peleaban entre sí, a veces traicionaron a Moisés como los seguidores de Coré, y lo enojaron al hacer ídolos y adorarlos. Continuaron quejándose hasta que Moisés perdió la paciencia y cometió un pecado, y finalmente Moisés no pudo entrar en la tierra de Canaán.
Aunque los israelitas se quejaron contra Moisés, él nunca se quejó contra el pueblo. Durante décadas, dirigió a los israelitas con paciencia. Cuando Dios se enfureció, Moisés le pidió que los perdonara aun corriendo el riesgo de que removieran su nombre. Incluso en su último momento, le preocupaba que los israelitas no tuvieran un líder que los guiara cuando él muriera, por lo que pidió a Dios que estableciera un líder para ellos.
Esto nos recuerda a nuestro Padre celestial. Tanto en su primera como en su segunda venida, el Padre guio a sus hijos con su infinito amor y gracia durante cuarenta largos años, aunque ellos no entendieron su amor, sino que lo turbaron con constantes quejas. Aunque el Padre siempre se preocupó por sus hijos, nunca se quejó de ellos, sino que oró por ellos hasta el último momento de su vida en la tierra.
La escena de Moisés pidiendo a Dios bendiciones para los israelitas, me recuerda cómo vivió en la tierra nuestro misericordioso Padre celestial.