Creía que estaba en pie por mí misma.
Simplemente, en un mismo lugar,
en el sitio donde alguien me había plantado,
en ese lugar que he guardado con el paso de los años,
siempre en soledad, pero aprendiendo a consolarme por mí misma,
en silencio,
pero sin descansar ni un solo día,
permanecía en pie creyendo que estaba creciendo.
Pero entonces,
tras varios días de vientos y lluvias intensos,
salieron a la luz
las raíces que habían quedado ocultas y olvidadas.
Enredadas entre sí,
tan complejas que no se podía saber
dónde comenzaban ni dónde terminaban.
Al pensarlo con calma,
comprendí que, así como esas raíces sostenían firmemente el árbol,
también la oración constante de la Madre,
el sacrificio sin fin del Padre,
y el amor y la atención de los hermanos y hermanas,
junto con la fragancia de Sion que brinda consuelo y valor en los momentos difíciles,
todo ello, en perfecta armonía,
hacía posible que yo permaneciera en pie.
Siendo las raíces que me sostienen.