En mi juventud, enseñaba a estudiantes en una pequeña sala de estudio frente a una escuela secundaria.
Fue durante un período de exámenes. Elaboré algunas preguntas que probablemente aparecerían en el examen, y estaba dando una clase centrada en resolver problemas en las preguntas. Después de que terminó el examen, verifiqué las calificaciones de cada estudiante.
Tan pronto como entré en la sala de estudio, un estudiante dijo con voz confiada:
“Maestra, saqué 100 en el examen de ciencias. Hice un excelente trabajo. ¿Qué regalo me dará?”
El estudiante había estado asistiendo a la sala de estudio desde la escuela primaria, y era un estudiante destacado que siempre lograba calificaciones sobresalientes. Pude entender que quisiera presumir de sus altas calificaciones, pero estaba demasiado seguro de sí mismo, y eso me incomodó.
Al cabo de un rato, otro estudiante que se había inscrito recientemente en la clase se acercó a mí y dijo con timidez:
“Maestra, obtuve 85 por primera vez en mi examen de ciencias. Mi maestra en la escuela también me felicitó por mejorar mis calificaciones escolares y todos mis amigos también me aplaudieron. Todo es gracias a usted. ¡Gracias!”
Ese día, el estudiante, que generalmente era muy travieso y sin interés en los estudios escolares, parecía más apuesto que el mejor estudiante que obtuvo 100.
Estoy segura de que las calificaciones del estudiante mejoraron no solo porque asistió a mi clase, sino también porque debió haber hecho un gran esfuerzo. Era encomiable verlo agradeciendo a su maestra en lugar de jactarse de su propio trabajo.
La imagen del estudiante todavía permanece viva en mi mente, porque está muy relacionada con cómo debo cambiar espiritualmente de ahora en adelante.
Siguiendo el camino del evangelio según las enseñanzas de Dios, a menudo me felicitaba y no daba gracias a Dios cada vez que obtenía buenos resultados. Por otro lado, si cosechaba malos resultados, tenía quejas en mi mente. Estoy realmente avergonzada de mi pasado, ya que no di gracias y gloria a Dios y me quejé fácilmente. De ahora en adelante, siempre agradeceré a Dios Elohim, los Maestros de mi alma, por enseñarme adecuadamente en el momento apropiado, aunque soy imperfecta en muchos aspectos.