Una pequeña obediencia que llevó a la salvación de mi familia
sept. 2026355
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Ting Ke Xin / Malasia
Hace tres años, mientras caminaba por la calle, conocí a unos jóvenes que habían venido de Corea. Aunque no podía entenderlos completamente porque no hablábamos el mismo idioma, sentí que querían compartir conmigo la palabra de Dios. Después de explicarme muchas cosas con entusiasmo, uno de ellos me preguntó:
“¿Le gustaría recibir la bendición de Dios?”.
Sin dudarlo, respondí que sí. Aún hoy no sé por qué respondí de esa manera. No encuentro otra explicación que el llamado de Dios.
Más tarde visité la iglesia y, cuando me preguntaron: “¿Desea recibir la bendición de Dios mediante el bautismo?”, respondí nuevamente que sí. En aquel entonces no comprendía cuán valiosa era la bendición que Dios concede ni cuánto transformaría mi vida. Sin embargo, a partir del bautismo comencé a obedecer la palabra de Dios, paso a paso y aun en las cosas más pequeñas. Desde entonces, sigo disfrutando de la inmerecida gracia y felicidad que Dios me concede.
Como nací y crecí en una familia budista y nunca había reflexionado seriamente sobre la religión, mi fe en Dios no surgió de inmediato. Los hermanos y hermanas de Sion tuvieron paciencia conmigo mientras iba comprendiendo la verdad y, como vivía lejos de la iglesia, me enseñaban constantemente la palabra de Dios de manera virtual. A medida que comprendía la importancia de la salvación, comencé a ir a Sion una y otra vez. Al guardar fielmente los estatutos de Dios, fui acercándome cada vez más a Dios.
Un día, a través de un video de sermón, escuché una exhortación: escribir una carta a los padres expresándoles un respeto sincero. Aunque amaba a mi madre y sabía que ella también me amaba, nuestras personalidades eran muy diferentes y durante mucho tiempo nuestra relación había sido distante. Por eso, aquella exhortación me pareció muy difícil de poner en práctica. Sin embargo, como era algo que Dios nos pedía, decidí obedecer. Venciendo la vergüenza, comencé a escribir la carta. Cuando mi madre la leyó, se conmovió mucho más de lo que yo había imaginado.
Aquello cambió mi manera de ver y de tratar a mi familia, especialmente a mis padres. Aunque decía que no me llevaba bien con mi madre, en realidad gran parte de la responsabilidad era mía. Mi actitud de entonces estaba muy lejos de la enseñanza: “Honra a tu padre y a tu madre”. Desde ese momento quise obedecer fielmente la palabra de Dios. Dejé atrás mi carácter poco tolerante y procuré tratar a mis padres con más amabilidad y cariño. Poco a poco la distancia entre nosotros fue desapareciendo y el ambiente en nuestro hogar cambió de una manera sorprendente.
Cuando mi relación con mis padres era fría y distante, ni siquiera me atrevía a hablarles de la verdad. Pero, a medida que nos fuimos acercando, creció en mi corazón el deseo de que toda mi familia pudiera ir junta al reino de los cielos. Reuniendo valor, aunque con torpeza, les compartí la verdad y los animé a disfrutar conmigo de la felicidad eterna en el cielo, donde nunca habrá separación. Al percibir mi sinceridad, mis padres aceptaron de buen grado.
El día de un evento de la iglesia, mis padres y mi hermano mayor fueron a Sion y recibieron la bendición de la nueva vida. Gracias a la cálida acogida de los hermanos y hermanas de Sion, mis padres se sintieron muy cómodos. Mi madre, en particular, después de recibir el bautismo, comenzó a asistir con constancia a Sion y a vivir su fe con entusiasmo. No solo guarda fielmente los estatutos de Dios, sino que también participa activamente en el servicio de Sion y recibe abundantes bendiciones. Todavía me cuesta creer que aquella madre con la que antes me sentía incómoda sea hoy una fiel compañera de la obra del evangelio, compartiendo conmigo la misma alegría y esperanza. Es una felicidad que jamás habría conocido si no hubiera obedecido la palabra de Dios.
Animada por esa gracia, hoy dedico aún más esfuerzo a predicar el evangelio. Al principio me ponía muy nerviosa hablar de la verdad con otras personas. También tenía miedo de ser rechazada. Sin embargo, al recordar que fui una de las primeras en mi familia en conocer a Dios, el deber de compartir la verdad con quienes me rodean y la transformación que Él obró en nuestro hogar, ese temor fue desapareciendo poco a poco. En un sermón reciente escuché que la predicación, mediante la cual buscamos a nuestros hermanos y hermanas celestiales, es como una “búsqueda del tesoro”. Al pensar que voy al encuentro de los hermosos regalos que Dios ha preparado, siento que cada paso que doy para predicar el evangelio se llena de ilusión.
Mientras camino una y otra vez bajo el intenso sol compartiendo la verdad, alcanzo a comprender, aunque sea un poco, el sacrificio del Padre y la Madre celestiales por nosotros. Ellos, sin tener ninguna necesidad de hacerlo, recorrieron el camino del sufrimiento únicamente por sus hijos y nos mostraron con su propio ejemplo cómo debemos buscar a nuestros hermanos y hermanas perdidos. Me llena de alegría y gratitud saber que Dios me ha permitido seguir este noble evangelio.
A veces hay cosas que no logro comprender del todo y el temor intenta dominar mi corazón. Pero cada vez que simplemente escuchaba la voz de Dios y la obedecía, Él siempre derramaba sobre mí bendiciones mucho más abundantes de lo que podía imaginar. De ahora en adelante, deseo obedecer sin vacilar cualquier palabra que Dios me dé, recibir todas las bendiciones que Dios ha preparado y compartirlas con muchas personas.