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El Evangelio del Reino en Todo el Mundo

El secreto de una pasión que no se apaga

ago. 2026155
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  • Cuando comencé la misión de largo plazo en el extranjero, que tanto había anhelado, pensé que podría entregarme con pasión las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, sin descansar. La realidad fue distinta. La urgencia de pensar: “Si no es hoy, quizá nunca vuelva a encontrarme con esta alma”, fue desvaneciéndose poco a poco a medida que me adaptaba a la vida local. En ocasiones, mientras los equipos de misión de corto plazo admiraban que yo llevara tanto tiempo cumpliendo mi misión en el extranjero, en realidad era yo quien admiraba el fervor con el que ellos se entregaban por completo a la predicación durante su breve tiempo de misión.

    Entonces Dios me concedió una oportunidad especial: participar en una misión de ocho días en Costa Rica. Después de haber servido en una misión de largo plazo en México y luego en Colombia, esta sería mi primera misión de corto plazo. Aunque fue un viaje breve, despertó mi alma, que poco a poco se había acostumbrado a la rutina, y me enseñó cuál debe ser la actitud de una predicadora.

    Costa Rica, conocida como la “Suiza de Centroamérica”, es un país pacífico y próspero. Tras un vuelo de dos horas, llegué a San José. Mi primera impresión fue tan agradable que parecía borrar todas mis preocupaciones. Además, el cielo estaba despejado y el sol no era intenso, por lo que no pude evitar pensar: “¡Es un clima perfecto para llevar fruto!”.

    Durante esos días, las únicas personas que podíamos dedicarnos por completo a la predicación éramos el jefe del templo de Sion de San José, su esposa y yo. Aunque llevaba bastante tiempo viviendo en Centroamérica, Costa Rica tenía un ambiente algo diferente, y eso me puso un poco nerviosa. Con cierto nerviosismo, salí a predicar. Muchas personas seguían de largo al escuchar que les hablábamos acerca de Dios Madre. Sin embargo, al pensar en el tiempo limitado que tenía allí, comprendí que no podía permitirme dudar ni perder tiempo. Sobre todo, no quería marcharme de aquel lugar, al que quizá nunca volvería, con el arrepentimiento. Reafirmé mi determinación y me acerqué a las personas con una sonrisa alegre y llena de energía, transmitiéndoles toda mi sinceridad. Poco a poco, algunas comenzaron a detenerse para escuchar las palabras de la verdad.

    Entre ellas, conocimos a una mujer de mediana edad que mostró un interés especial por la verdad. Su actitud de no querer perder ni una sola palabra de las enseñanzas que compartíamos nos pareció muy significativa. Más tarde descubrimos que era un alma que había estado vagando durante mucho tiempo en busca de la verdad.

    Aunque deseaba conocer mejor a Dios, los pastores no le enseñaban correctamente la Biblia, y al sentirse decepcionada por sus actitudes contradictorias, había dejado de asistir a la iglesia. Al examinar una por una, a través de la Biblia, la existencia de Dios Madre y las leyes de Dios, pudo saciar su profunda sed espiritual de tantos años y, con obediencia, recibió la bendición de la nueva vida.

    Ella era la hermana Ibeth. Después de recibir el bautismo, continuó asistiendo a Sion con constancia y escudriñando la Biblia. Al distinguir la verdad de la falsedad, inmediatamente comenzó a compartir la verdad con su familia y, esa misma semana, llevó a su madre y a su hijo a Sion.

    Dimos gracias a Dios por permitirnos encontrar un alma preciosa que anhela la verdad y ama al Dios Elohim.

    Poco después, el viaje llegó a su fin y regresé a Colombia, pero las buenas noticias desde Costa Rica seguían llegando. La hermana había guiado al camino de la salvación a todos los familiares que vivían en su casa: su esposo, su hija y su hermana menor.

    Cada vez que un miembro de su familia recibía el bautismo, se tomaban una foto juntos, y al ver cómo estas aumentaban una tras otra, la hermana se alegraba de corazón.

    La hermana atesora tanto las leyes de Dios que, para guardar plenamente la Pascua, trabajó hasta altas horas de la noche durante varios días con el fin de adelantar sus labores. Cada semana, cuando toda la familia aprende la palabra de Dios mediante el estudio de la Biblia con el miembro del personal pastoral, no le importa que la cena se retrase por cuestiones de horario; al contrario, saluda humildemente dando gracias porque recibe el alimento espiritual.

    Deseo sinceramente que la hermana y su familia, quienes atesoran la palabra de Dios y obedecen sus enseñanzas, crezcan como obreros que impulsen el evangelio en Costa Rica.

    Durante el breve tiempo que experimenté el evangelio en Costa Rica, recibí no solo frutos, sino también un valioso entendimiento.

    En realidad, el primer día que salí a predicar en San José, me sentí extrañamente incómoda al hacerlo entre coreanos. Además, como la mayoría de las personas de San José parecían vivir satisfechas con su vida actual, quizá debido a las buenas condiciones de su entorno, había formado en mi mente la idea de que sería difícil obtener frutos del evangelio en este lugar. Ese pensamiento hizo que dudara.

    Como si hubieran leído mi corazón, el jefe del templo y su esposa renovaban siempre su determinación cada vez que salíamos a predicar.

    “¡Salvemos Costa Rica! ¡Ánimo!”

    Al verlos, me conmovió imaginar cómo, aunque durante mucho tiempo solo fueran ellos dos y aunque no hubiera resultados inmediatos, habían seguido cultivando con constancia y firmeza el campo del evangelio para la culminación del evangelio del reino.

    En su actitud de ofrecerme la mejor habitación de la casa, aunque yo solo permanecería allí por un breve tiempo, y de preparar personalmente los alimentos pensando en mis gustos, sentí plenamente el cálido amor de una madre.

    Quizá por eso me sentía aún más apenada. Las personas de aquel lugar también necesitaban gozar del amor que Dios les concede en Sion y prepararse para el futuro eterno que les espera. Sin embargo, al conformarse con la felicidad pasajera de esta vida, estaban dejando escapar la bendición más valiosa. A medida que mi anhelo por aquellas almas se hacía más profundo cada día, el momento de regresar a Colombia se acercaba con demasiada rapidez, y sentía como si el corazón se me consumiera.

    Entonces pensé que quizá así también habría sido el corazón de nuestro Padre celestial, quien recorrió el camino del evangelio conforme al tiempo señalado por Dios. Mientras cada noche oraba mencionando uno por uno los nombres de los hermanos y hermanas que habían regresado a Sion, llegué a comprender profundamente el corazón de nuestros Padres celestiales, quienes jamás se olvidan de mí y siempre oran por mí. Grabé una vez más en lo más profundo de mi corazón que hoy puedo estar en este lugar tan bendito y glorioso únicamente por la gracia y el amor del Padre y de la Madre.

    A través de esta misión de corto plazo en Costa Rica comprendí que lo que determina el éxito del evangelio no es el entorno ni las circunstancias, sino una pasión que no se enfría hasta el final. Mantener un fervor tan intenso no es fácil, pero estoy convencida de que, si nunca olvido el corazón ardiente del Padre y de la Madre por sus hijos perdidos, podré cumplir siempre con la misión de una predicadora, entregándome por completo a la predicación con fervor y esmero.

    Después de regresar a Colombia, procuro buscar a mis hermanos y hermanas espirituales con el pensamiento de que hoy puede ser la última oportunidad. Siempre que dispongo de un poco de tiempo libre, salgo a predicar. Gracias a ello, una de las almas que conocí está asistiendo cada semana a Sion y comprendiendo poco a poco la verdad.

    Y eso no es todo. También llegaron noticias muy alentadoras desde México, donde viví durante mucho tiempo antes de establecerme en Colombia. Un joven a quien le había compartido la palabra de Dios en varias ocasiones hace cuatro años conoció recientemente a los hermanos de Sion y recibió la verdad. Me enteré de ello porque, antes de recibir el bautismo, una hermana recordó que había estudiado conmigo la Biblia en aquel entonces. Al buscar en mi teléfono móvil, encontré incluso una fotografía que nos habíamos tomado juntas para recordar nuestro primer encuentro. ¡Qué alegría y qué gratitud sentí!

    Si sabemos que la semilla de la palabra puede brotar y dar fruto incluso muchos años después, ¿cómo no entregar lo mejor de nosotros al evangelio? Atesoraré siempre las enseñanzas y las bendiciones que Dios me ha concedido, y seguiré predicando el evangelio con el mismo fervor hasta el final.
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