Ya iban a cumplirse diez años desde que hacía de mensajera entre mis hermanas. Era porque las dos no se hablaban. Al principio no pensé que las heridas del corazón durarían tanto tiempo.
Aquel día, como de costumbre, las tres hermanas estábamos comiendo juntas. En aquel entonces, mi padre no podía trabajar porque se encontraba delicado de salud, y mi madre tampoco podía trabajar durante un tiempo a causa de una hernia discal. Nosotras, después de graduarnos de la preparatoria, estábamos trabajando. Entonces mi padre le aconsejó a la mediana que fuera a la universidad y siguiera estudiando. Después de pensarlo mucho, ella tomó una decisión.
“Dejé el trabajo. Voy a ir a la universidad”.
La mayor preguntó sorprendida.
“¿Qué? ¿Dejaste el trabajo? ¿Para ir a la universidad?”
“Sí. Si quiero ir a la universidad, no hay otra opción”.
La mayor levantó la voz.
“¿Tienes dinero para ir a la universidad? Nuestra familia no está en condiciones de pagar la universidad. ¡Yo también fui a la universidad nocturna mientras trabajaba en una empresa! Tú también gana dinero y ve a la universidad por tu cuenta”.
“Yo también sé que nuestra situación económica es difícil. ¡Pero papá quiere que yo vaya a la universidad!”
“Entonces, ¿quién va a conseguir el dinero de la matrícula?”
Así fue como la mayor y la mediana tuvieron una gran discusión. Después de eso, las dos no volvieron a conversar. Compartíamos la misma habitación, pero cuando a veces quedaban solo ellas dos, una de las dos siempre salía a la sala.
En aquel momento pensé sin darle mucha importancia: “Ya se les pasará”. Pero, al pasar tanto tiempo sin hablarse, poco a poco se fueron volviendo como desconocidas. Pensé que aquello no podía seguir así, y decidí intervenir como mediadora. Primero me acerqué a la mayor y le hablé bien de la mediana.
“
“¡Hermana! Ella compró un regalo pensando en ti. Mira esto”.
A la mediana también le hablé bien de la mayor.
“¡Hermana! Ella dijo que el abrigo acolchado de mamá ya estaba viejo y le compró uno nuevo. Como era de esperarse, da mucha seguridad tener a nuestra hermana mayor, ¿verdad?”
Al principio, ninguna de las dos mostró mucha reacción. Pero, con el paso del tiempo, empezaron a prestar oído a lo que les contaba la una de la otra, y respondían: “¿Ah, sí?”.
Cuando ya casi se cumplían diez años, mientras volvía a casa con la mediana, le pregunté por curiosidad.
“¿Todavía te queda resentimiento hacia la mayor?”
La mediana negó con la cabeza.
“No. Mira cuánto tiempo ha pasado….”
“¿Sí? Entonces, ¿por qué no se hablan?”
La mediana sonrió con vergüenza y dijo:
“Eso digo yo. La verdad es que mi corazón ya se había calmado desde hace tiempo, pero creo que perdí la oportunidad de disculparme. Lo intenté varias veces, pero era tan incómodo que no me salían las palabras”.
Al escuchar la confesión de la mediana, le dije que se animara a intentarlo. Luego fui directamente a la casa de la mayor y le pregunté cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Ella sentía lo mismo que la mediana.
“La verdad, mi corazón también se había calmado hace mucho, pero me sentía incómoda y no podía hablarle. Debimos habernos reconciliado enseguida en aquel momento… pero fui posponiéndolo uno o dos días, y así pasó tanto tiempo”.
Después de escuchar los sentimientos sinceros de mis dos hermanas, en el día libre de esa semana preparé una comida para que las dos se reconciliaran. Además, decidimos reunirnos una vez al mes para comer juntas. Mientras compartíamos comidas deliciosas una y otra vez y conversábamos de muchas cosas, un día la mediana le habló con cautela a la mayor.
“Hermana, quería disculparme desde hace tiempo, pero perdí el momento oportuno y no pude decirlo. Te pido perdón por haberte hablado mal antes. Perdóname”.
Entonces la mayor hizo un gesto con las manos, como negándolo.
“No. Yo debí haberte pedido perdón primero…. Perdóname por haberte mostrado un mal ejemplo como hermana mayor. Me perdonarás, ¿verdad?”.
Así, las dos hermanas se reconciliaron con alegría. Después de eso, nos convertimos en hermanas aún más afectuosas, que pensábamos más unas en otras. Como si los diez años no hubieran existido, cuando tenían algo rico para comer, se lo compartían; cuando ocurría algo bueno, se alegraban juntas; y cuando pasaba algo difícil, se preocupaban y se consolaban mutuamente. Al verlas, también sentí una gran satisfacción.
Al mirar atrás, no era nada importante. Si tan solo hubieran pensado un poco en la situación de la otra, no habrían pasado tanto tiempo con el corazón herido… Aun así, por medio de una disculpa sincera y del perdón que se dieron después de tanto tiempo, el corazón de las hermanas cambió de un frío invierno a una cálida primavera.
También nosotros, a veces, podemos herirnos mutuamente con nuestros hermanos y hermanas celestiales, y por eso pueden surgir sentimientos de rencor. Pero en esos momentos, ¿qué tal si recordamos las Palabras de Amor de la Madre celestial? Si pensamos una vez más en la otra persona y le hablamos con las Palabras de amor, diciendo: “Hizo un buen trabajo”, “Lo siento. Debe de haberse sentido mal.”, “Está bien. Eso puede pasar”, “Quisiera escuchar más su opinión”, ¿no florecerá más el amor en lugar de la contienda? Hoy también grabo en mi corazón, con toda plenitud, las Palabras de Amor de la Madre celestial.