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Ensayo

Mi pequeño ayudante secreto

jul. 202633
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  • Hasta ahora, pensaba que yo, como madre, me había encargado de todas las tareas del hogar. Sin embargo, en nuestra familia había un pequeño ayudante secreto.

    “Mamá, ¿qué es esto amarillo pegado al plato? ¿No será yema de huevo seca? Parece que el plato no se remojó lo suficiente”.

    Mi hijo mayor revisó el plato y el tazón de sopa que estaban boca abajo en el escurridor y continuó:

    “Parece que no se quitó bien la grasa del plato, y el tazón de sopa también tiene algo pegado”.

    Sorprendida, me levanté y fui a la cocina. Tal como decía mi hijo mayor, los tazones, los platos, la sartén y todo lo demás estaban resbaladizos, sin esa sensación de limpieza impecable, y había restos de comida aquí y allá. Para mí, que lavo los platos con agua tan caliente que echa vapor incluso en pleno verano, la situación era incomprensible, así que miré a mi esposo. Él cerró los ojos, negó con la cabeza y formó una gran X delante de su pecho, como diciendo que era inocente. Mi mirada pasó de mi hijo mayor, que había encontrado los platos, a mi segundo hijo, que estaba leyendo un libro, y luego llegó al más pequeño, que hacía la tarea en la mesa. Entonces vi que, debajo de la mesa, frotaba sin parar el pie izquierdo contra el derecho y luego el derecho contra el izquierdo.

    No hacía falta que dijera nada para saberlo. Aunque estábamos en la misma casa, el menor, que siempre siente curiosidad por lo que hago y quiere verme, había lavado los platos a escondidas de mí. En ese momento, se me escapó una sonrisa, pero al mismo tiempo me sentí suavemente conmovida desde lo profundo de mi corazón. Les pregunté a mis hijos que si acaso mamá siempre era perfecta, y que mamá también era una persona y podía cometer errores; luego empecé a lavar los platos. Ese día no le dije nada al menor.

    Unos días después, al anochecer, preparé la cena y, sin darme cuenta, me quedé dormida. Cuando me desperté y fui a la cocina, vi que todos los platos que estaban en el fregadero habían sido lavados. Al tocar los platos colocados boca abajo en el escurridor, sentí que estaban tibios; al parecer, el menor también había aprendido el truco y los había lavado con agua caliente. Al dar vuelta los platos, vi que estaban mucho mejor que la vez anterior, pero aún quedaban manchas aquí y allá en una olla grande y en un tazón ancho para fideos. Temiendo que pudiera herirse su corazón, los enjuagué en silencio una vez más. Luego fui al cuarto del menor.

    “Hijo, parece que en nuestra casa hay un ayudante secreto. Mientras mamá dormía un rato porque estaba cansada, alguien lavó todos los platos muy limpios”.

    A diferencia de lo habitual, el menor no me miró a la cara, sino que siguió mirando el cuaderno de tareas y dijo:

    “Como a mamá le dolerían los hombros si hiciera sola todas las tareas de la casa y lavara los platos, supongo que alguien los lavó en su lugar”.

    Me pareció tan adorable que fingiera no saber nada, que le hice cosquillas en las axilas y luego lo abracé fuerte.

    “Ahora entiendo, mi pequeño ayudante secreto. Muchísimas gracias”.

    Quizá animado por mis elogios, desde entonces el menor siguió lavando los platos a escondidas de vez en cuando. Al escuchar toda la historia, mi esposo se sintió orgulloso de nuestro hijo, pero también se preocupó pensando que sería incómodo tener que buscar los platos que no quedaron bien lavados y lavarlos de nuevo, y que el detergente que pudiera quedar en los platos afectara la salud de los niños. Al oír que mi esposo decía que debíamos explicarle bien y hacer que dejara de lavar los platos, me quedé pensativa.

    Un día, cuando cada miembro de la familia estaba en su cuarto, por casualidad vi al menor lavando los platos en silencio en la cocina. De pie frente al fregadero, que le llegaba hasta la altura del pecho, frotaba los platos uno por uno con la esponja. Al verlo lavar con tanto empeño, moviendo los labios de un lado a otro como si le costara esfuerzo, sentí el amor que tenía por su mamá y por su familia, impregnado en el fondo de aquella acción. Me sentí muy orgullosa de mi hijo, agradecida y llena de cariño por él.

    ¿No será así también el corazón con el que el Padre y la Madre celestiales nos miran? Dios podría completar el evangelio del reino de los cielos con una sola palabra, pero lo ha confiado a sus hijos, los observa y los ayuda. Reflexiono, aunque sea un poco, en ese corazón que desea que sus hijos reciban bendiciones. El Padre y la Madre celestiales se compadecen de quienes no comprenden el amor de Dios y contemplan con hermosura a sus hijos que, aunque a veces cometen errores, se vuelven, se arrepienten y crecen. Hasta el día en que regresemos a la patria celestial, seré una hija que transmite la fragancia de Sion al mundo entero, para corresponder aunque sea un poco al amor de Dios Elohim, quien se sacrifica por sus hijos.
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