Los conflictos entre las personas suelen originarse no por grandes razones, sino por una sola palabra o una pequeña acción.
El problema viene después. Cuando las partes no pueden dar un paso atrás, la relación se derrumba con facilidad. La forma en que respondemos a las palabras y acciones de la otra persona determina el rumbo de la relación.
Antes de que David llegara a ser rey, durante el tiempo en que vagaba por el desierto, Nabal, que era rico, recibió mucha ayuda de David, lo supiera o no. Sin embargo, ignoró la buena voluntad de David y, cuando David le pidió ayuda, lo rechazó diciendo quién era él. David, lleno de ira, salió para atacar a Nabal y a toda su casa.
Al oír la noticia, Abigail, la esposa de Nabal, preparó apresuradamente presentes y fue a encontrarse con David. Abigail se humilló ante David, atribuyó a sí misma toda culpa y falta, y le pidió perdón. Luego le rogó que, ya que en el futuro gobernaría Israel, no derramara sangre inocente en ese momento ni dejara remordimiento para el futuro. Finalmente, David elogió su sabiduría y guardó su espada (1 S 25:2-35).
En nuestra vida de hoy también surgen conflictos, grandes y pequeños. En esos momentos, detengámonos un instante y pronunciemos “Palabras de Amor de la Madre que traen paz”, la enseñanza que Dios Elohim nos dio en esta época. Una sola palabra cálida ablanda el corazón. Una sola palabra sabia hace que la paz habite.