Hace más de un año que practico boxeo para cuidar mi salud. Mientras repito diversas técnicas de boxeo para fortalecer mi condición física, uno de los movimientos que me resulta más difícil es el balanceo (weaving).
Al principio, pensaba que simplemente consistía en agachar la cabeza para esquivar un ataque. Sin embargo, al recibir una clase individual de mi entrenador, comprendí que el balanceo no es una técnica que termina al esquivar el golpe, sino un movimiento que permite encadenar un ataque inmediatamente.
Al flexionar las rodillas, bajar la parte superior del cuerpo y desplazar el centro de gravedad en dirección opuesta al golpe del oponente, la energía de rotación se transmite naturalmente a los hombros y a los brazos. En ese momento, si se mantienen las manos en posición, ese movimiento puede conectarse de inmediato con un ataque. Hasta ahora, sin entender este principio, solo imitaba el movimiento de “agachar la cabeza”.
Después de comprender el principio y aprender correctamente la postura, pensé que podría hacerlo bien. Sin embargo, el movimiento seguía resultándome incómodo y me desconcertaba. Al verme así, mi entrenador me dijo:
“Es normal. Casi nada sale bien a la primera. Solo tienes que seguir practicando”.
Aquellas palabras me consolaron bastante. Aunque todavía no lo hacía perfectamente, al ver que iba mejorando en comparación con antes, pensé que debía seguir practicando. Lo importante era perseverar hasta que el nuevo movimiento se volviera natural para el cuerpo. También comprendí que, para que una buena postura surja naturalmente en un combate real, es necesario repetir el mismo movimiento muchas veces hasta que quede grabado en el cuerpo.
Pienso que obedecer la palabra de Dios es algo similar. Comprender la palabra no lo es todo. Sabemos que debemos perdonar cuando estamos heridos, que cuando estamos angustiados debemos pedir a Dios sin preocuparnos, y que debemos servir y sacrificarnos por los demás. Sin embargo, ponerlo en práctica en la vida real no es fácil.
Así como conocer la postura correcta no es suficiente y es necesario practicarla muchas veces hasta que el cuerpo la asimile, también se necesita mucho entrenamiento para obedecer completamente las enseñanzas de Dios. Es un proceso de escuchar la palabra cada día, practicar comenzando por lo pequeño y, aunque caigamos, volver a levantarnos para seguir entrenando.
Creo que lo importante no es lograr la perfección de inmediato, sino mantener el espíritu de no rendirse y seguir esforzándose. Si, en lugar de reprocharme cuando fallo, vuelvo a ponerme delante de la palabra, reviso mi postura y corrijo mi centro, espero que llegue el momento en que descubra que estoy viviendo conforme a las leyes del nuevo pacto. Espero que, con ese esfuerzo constante, la conducta que Dios desea de mí se convierta en un hábito en mi vida y se manifieste de forma natural.