Hay cosas que uno no puede comprender hasta experimentarlas por sí mismo. Para mí, así era el amor y el sacrificio del Padre y de la Madre celestiales. Desde pequeña pensé que había aprendido mucho acerca del amor de Dios y que lo entendía bien, pero nunca lo había sentido realmente. Solo después de seguir, aunque fuera un poco, su camino mediante la misión en el extranjero, pude imaginar cuánto se sacrificó Dios por la salvación de sus hijos y elevar oraciones de sincera gratitud.
En realidad, aunque sabía que la misión en el extranjero era una oportunidad para recibir muchas bendiciones, no me resultaba fácil tomar la decisión. La misión de largo plazo me parecía aún más lejana. No tenía confianza para dejar las responsabilidades que desempeñaba en Corea y comenzar desde cero en un entorno completamente nuevo. Entonces participé durante dos semanas en una misión de corto plazo en Tacloban, Filipinas. La alegría de convivir con los hermanos locales, las noticias diarias sobre frutos del evangelio y la predicación de apoyo para el establecimiento de iglesias presucursales en otras regiones dejaron una profunda huella en mi corazón.
Tan pronto como regresé a Corea, decidí desafiarme a mí misma con una misión de largo plazo. Las personas que deseaban escuchar las noticias de vida y las necesidades que había visto con mis propios ojos no dejaban de venir a mi mente. Al pensar que la culminación del evangelio del reino se demoraba mientras yo seguía indecisa por preocupaciones personales, ya no podía seguir postergándolo. Convencida de que Dios me había confiado la misión de encontrar cuanto antes a la familia celestial perdida y alegrar el corazón de la Madre, en noviembre de ese mismo año partí nuevamente hacia Tacloban.
Durante los dos primeros meses estuve muy ocupada predicando en lugares donde el evangelio aún no había sido anunciado. Mientras recorría humildes viviendas en las montañas y aldeas remotas rodeadas de espesos matorrales, me conmoví al pensar en el Padre y la Madre, quienes habían buscado a sus hijos caminando por senderos de montañas y campos. Al mismo tiempo, fui adaptándome al clima cálido y húmedo, experimentando la comida y la cultura locales, y fortaleciendo mis lazos con los hermanos de la región. Después de regresar a casa al final de cada jornada, estudiaba expresiones útiles para predicar el evangelio y frases que me permitieran conversar con mayor profundidad con los hermanos.
Mientras pasaba días llenos por completo de la obra del evangelio y disfrutaba de momentos llenos de gratitud, llevaba en mi corazón una preocupación constante: no había frutos verdaderos. Muchas personas recibían el bautismo con interés después de escuchar la verdad por primera vez, pero de repente dejaban de responder o ya no regresaban a Sion. Por eso sentía una profunda necesidad de encontrar obreros capaces de discernir la verdad y colaborar en la obra del evangelio en Filipinas.
Me pregunté qué habrían hecho el Padre y la Madre en una situación semejante. La respuesta fue clara: no desanimarse por la falta de resultados, sino seguir predicando con constancia, creyendo que Dios concede a quienes piden. Cada día oraba por buenos frutos y, siempre que tenía un momento libre, salía inmediatamente a predicar. No quería dejar pasar ninguna oportunidad que Dios me concediera. Junto con los equipos de misión de corto plazo procedentes de Corea, también fui a apoyar la predicación en iglesias sucursales y presucursales de otras regiones. Durante los festivales de predicación, me dediqué aún más a predicar el evangelio sin cesar. Dios respondió permitiendo que muchas almas recibieran la bendición de la nueva vida.
Pero no podía detenerme allí. Era necesario guiar a los nuevos hermanos con la palabra para que llegaran a conocer verdaderamente al Dios Elohim y arraigaran su corazón en Sion. Ese proceso no fue fácil. Al ver a aquellas almas que, aun después de haberles explicado repetidas veces las bendiciones celestiales profetizadas en la Biblia, daban más importancia a las opiniones de quienes las rodeaban o a sus asuntos personales y terminaban alejándose, me dolía el corazón y me angustiaba, y las lágrimas acudían a mis ojos. Sin embargo, mi tristeza no podía compararse con el corazón del Padre y de la Madre, quienes esperan a sus hijos celestiales. Al día siguiente volvía a levantarme y corría con aún más empeño, buscando hermanos y hermanas y alimentando a los nuevos miembros con la palabra de Dios.
Así fue como la hermana Cyril llegó al seno de Dios. Desde poco después de recibir el bautismo, acudió constantemente a Sion y fue fortaleciendo su fe. Siempre que tenía tiempo libre, venía a Sion para estudiar la Biblia. Durante los estudios sacaba su cuaderno, tomaba notas y escuchaba con atención. En el día de preparación para el día de reposo participaba en el servicio de limpieza del templo. Después de comprender el valor de la difusión del evangelio, la hermana invitó a una amiga a Sion, la guió a la verdad y también participó en las reuniones de predicación. Al verla crecer en la fe mes tras mes, pude sentir el corazón del Padre, quien no podía contener su alegría al salvar un alma.
Además de ella, muchos otros nuevos hermanos crecieron abundantemente bajo las bendiciones de Dios. Había hermanas que vivían lejos de Sion, pero, anhelando la palabra, continuaban estudiando la Biblia en línea dos o tres veces por semana. También había hermanos que, aun cansados después del trabajo, acudían con alegría a Sion para estudiar la palabra. Y estaban aquellas hermanas que siempre tenían en los labios la frase: “Thanks to Father and Mother”. Cada uno de ellos era precioso y valioso. Comprendí por qué la Madre considera tan preciosa a cada alma. Doy gracias de todo corazón a Dios por haberme utilizado como instrumento para encontrar a la familia celestial y por permitirme experimentar la alegría y la emoción de conducir un alma a la salvación.
El año que pasé en Tacloban estuvo lleno de experiencias que jamás habría conocido si hubiera permanecido únicamente en Corea. Solo después de recorrer distintos lugares predicando la palabra siguiendo el ejemplo del Padre y de cuidar detalladamente a hermanos de culturas e idiomas diferentes con el corazón de la Madre, pude vislumbrar los sacrificios que el Padre y la Madre hicieron para que yo pudiera llegar a ser quien soy hoy. En una ocasión hubo un apagón y tuve que acostarme sin aire acondicionado, con temperaturas superiores a los treinta grados. Aunque mi cuerpo estaba agotado, me sentí profundamente apenada al pensar que Dios, siendo inocente de todo pecado, vino a esta tierra y sufrió por los pecadores. Incluso dentro de este planeta, que no es más que una gota de agua en un cubo, yo necesitaba tiempo para adaptarme a un entorno diferente. ¿Cuánto más incómodo y difícil habrá sido para el Padre y la Madre dejar atrás el glorioso trono celestial y venir a este mundo? ¿Cuánto les dolerá ver a las personas incapaces de comprender el nuevo pacto que con tanto amor les transmiten?
Ahora que he llegado a comprender, aunque sea un poco, ese corazón, deseo ofrecer únicamente alegría y consuelo a Dios. Me propongo convertirme en una profetisa del evangelio que cumpla con esmero cada pequeña misión que Dios le ha confiado y que, finalmente, complete también la gran misión de culminar el evangelio del reino. Para hacer realidad esta visión con mayor rapidez, seguiré confiando en Dios y tomando la iniciativa en la búsqueda de nuestra familia celestial.