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Entendimiento

La mano de Dios que sentí mientras arreglaba flores

jun. 202621
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  • Durante mucho tiempo, mi sueño fue participar en el servicio de arreglo floral en Sion. Dios, que conocía mi deseo, me concedió la oportunidad y, desde el año pasado, comencé a encargarme de los arreglos florales junto con una diaconisa. Aunque éramos principiantes, ofrecimos incontables oraciones de gratitud y súplica, pidiendo poder dar gloria a Dios. Consultamos diversos videos y fotografías, y aprendimos técnicas de una diaconisa con más de diez años de experiencia mientras preparábamos nuestro primer arreglo floral.

    El día en que fuimos por primera vez al mercado de flores de madrugada, entramos con nervios y emoción por estar realizando la obra de Dios. Parecía imposible no quedar cautivadas por aquellas hermosas flores de todos los colores y formas. Orando al Padre y a la Madre para recibir inspiración, comenzamos el “casting” de flores. Había muchísimas candidatas extraordinarias, pero, tras una rigurosa selección, regresamos abrazando uno tras otro los ramos que habíamos escogido. Después de acomodarlas en cubetas con agua, las flores se veían tan hermosas que, con solo mirarlas, la felicidad llenaba mi corazón.

    Al día siguiente, después de orar, comenzamos el arreglo floral. Primero había que clasificar las flores: las delicadas, las de ramas ásperas, las especialmente hermosas que servirían como centro, las pequeñas flores discretas pero capaces de dar vida al ambiente, las hojas verdes y las distintas ramas de árbol. Cada una fue colocada en recipientes con agua para que se impregnara bien.

    Luego colocamos el recipiente principal sobre la mesa y, detrás de él, alineamos las cubetas llenas de flores. Tan solo ver aquella escena ya me parecía adorable. Elegíamos una flor y la acercábamos frente a nosotras; si necesitábamos otra, arrastrábamos otra cubeta. Esta flor, aquella flor, esta rama, aquella hoja… Cada vez que hacía falta, acercábamos las cubetas, las usábamos a nuestro lado, luego las apartábamos y volvíamos a traerlas. Y, entre una repetición y otra, el arreglo terminaba tomando la forma que deseábamos. Después, unas flores eran llevadas al púlpito del templo, otras al escritorio de recepción, y otras a los estantes del pasillo, cada una ocupando su propio lugar. Allí, mostrando toda su belleza, daban felicidad a la familia de Sion y glorificaban a Dios.

    Mientras ordenábamos las herramientas y terminábamos el arreglo floral, recibí un entendimiento. En Sion hay hermanos y hermanas muy diversos, y cada uno posee talentos diferentes. Hay quienes suben al escenario para alabar a Dios; quienes dan abundantes frutos del evangelio y esparcen la fragancia de Sion; quienes van a misiones en el extranjero y escriben brillantes historias del evangelio… Hubo momentos en que sentí envidia de aquellos que servían con gracia en la obra del evangelio, y también hubo hermanos que envidiaban la manera en que yo era utilizada.

    Las cubetas con flores, guiadas por las manos de quien hace el arreglo, a veces permanecen mucho tiempo en un mismo lugar y otras veces son movidas hacia adelante, hacia atrás o hacia un lado. A los ojos de quien arregla las flores, todas son hermosas, valiosas y preciadas. Simplemente, según la necesidad del momento, algunas son apartadas y luego vuelven a ser utilizadas cuando llega el momento adecuado. Aunque el lugar o el entorno cambien una y otra vez, al final todas las flores ocupan un lugar en Sion y cumplen su misión.

    Quizá nuestro papel en Sion sea igual. Sin importar cuándo ni cómo seamos utilizados, al final regresaremos al reino de los cielos tomados de la mano del Padre y de la Madre celestiales. Sin embargo, al no comprender plenamente el corazón de los Padres celestiales que aman a todos sus hijos, tal vez envidiamos a alguien o nos entristecemos pensando: “¿Será que el Padre y la Madre no se interesan por mí?”. Aunque a veces haya dificultades en el desierto de la fe, si miramos a la Madre, que siempre nos cuida y nos considera el centro de toda su atención, y perseveramos hasta el final, entraremos en el eterno jardín de flores, el monte santo del mar de cristal.

    Doy gracias a Dios, que toma uno por uno a sus hijos inmaduros, los cultiva con cuidado y los alimenta abundantemente con el agua de la vida y los hace crecer como árboles sanos que dan frutos. Ahora dejaré atrás las preocupaciones y caminaré felizmente por el camino del evangelio con fe. Doy gracias a Dios, que toma uno por uno a sus hijos inmaduros, los cultiva con cuidado y los alimenta abundantemente con el agua de la vida.
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