Parece que, cuanto más pasan los años, más cosas hay de las que ocuparse. En la vida laboral no solo hay que atender el trabajo, sino también cuidar bien las relaciones humanas; en casa, hay que estar pendiente de la salud y de las bendiciones de los padres, así como de los asuntos grandes y pequeños de la familia... Y así, en un abrir y cerrar de ojos, pasa un año entero. Aun así, procuro participar también en el servicio, en la predicación y en toda labor de Sion, incluso en aquello que puede parecer pequeño. Lo hago creyendo que la Madre celestial verá con agrado el esfuerzo de sus hijos que se empeñan con dedicación en todo lo que ayude al evangelio.
Antes no era así. El evangelio consiste en hacer lo que agrada a Dios, pero yo perseguía únicamente mis propias metas y me alegraba o me desanimaba según las circunstancias.
Hace más de doce años, mi esposa y yo, que habíamos formado un hogar en la fe, teníamos planeado ir a una misión de largo plazo en el extranjero. El recuerdo del fervor por el evangelio que había encendido durante las misiones en el extranjero en mi juventud seguía muy vivo, y como era una meta que habíamos soñado y preparado durante mucho tiempo, nuestras expectativas eran grandes. Sin embargo, unos dos meses antes de partir, surgió algo inesperado y todos nuestros planes se vinieron abajo. Había orado y me había esforzado mirando solo esa meta, así que en aquel entonces la decepción fue tan grande que no sabía qué hacer. ¿Cuál sería la voluntad de Dios? ¿Qué debía hacer yo? Tras pasar mucho tiempo solo preocupado por esas preguntas, apenas logré recobrar ánimo, pensando que no podía quedarme encogido para siempre. Con la convicción de que, por muy difícil que fuera, no debía soltar la obra de Dios, empecé poco a poco por lo que podía hacer en ese momento. Porque, si uno lo desea de verdad, puede dedicarse al evangelio en cualquier tiempo y en cualquier lugar.
Justamente entonces me trasladé a un trabajo donde tenía algo más de tiempo. Creyendo que debía de haber una razón por la cual tenía que permanecer en Corea, empecé a predicar las palabras de la Biblia a familiares y conocidos que todavía no conocían la verdad. Entre ellos, un compañero con quien había tenido una relación muy cercana en mi trabajo anterior aceptó la verdad. En realidad, no es que desde el principio hubiera comprendido profundamente la palabra ni mostrado una fe especial. Según decía, simplemente pensó que, si yo, a quien veía como un hermano mayor, le decía que fuéramos, seguramente sería un buen lugar. Yo también lo intuía en aquel entonces; pero, como comprendía que incluso el hecho de que viniera a Sion aunque fuera una vez al mes era algo guiado por Dios, no me di por vencido y seguí guiándolo con constancia, compartiéndole el alimento de la palabra.
Así transcurrieron cinco años. Desde cierto momento, el hermano parecía especialmente apagado y cargado de preocupaciones. Cuando le pregunté con cuidado, me confesó que estaba atravesando dificultades personales y que, sin poder pedir ayuda a nadie, sufría solo. Le expresé mi pesar por no haberme dado cuenta antes y lo animé, diciéndole que, si abría su corazón delante de Dios y oraba, su mente se aclararía y recibiría ayuda. Tal vez aquellas palabras tocaron su corazón, porque poco a poco empezó a buscar a Dios con más frecuencia, y un día noté que su rostro había recuperado el ánimo. Aquel que antes escuchaba la palabra casi por compromiso, cuando terminaba el estudio comenzó a resumir por sí mismo lo aprendido y a hacer preguntas sobre lo que quería entender; más tarde, incluso empezó a practicar los temas del sermón. Me sentí muy agradecido al pensar que, aun en el tiempo en que a mis ojos no parecía haber ningún cambio en su fe, la palabra sembrada en el campo de su corazón había estado brotando en silencio. Después, aquel hermano fue edificando su fe paso a paso, y ahora guarda con esmero todos los cultos y también predica la palabra a sus padres.
Si hubiera ido al extranjero conforme a mis propios planes, quizá no habría conocido a un hermano tan lleno de gracia. En aquella etapa de mi vida, cuando rebosaba de ímpetu, no sabía esperar con paciencia por un alma. Gracias a que se me permitió mirar a las personas que estaban a mi lado y se me dio la oportunidad de predicarles el evangelio, pude hallar a un precioso hermano celestial y llenar en mí la paciencia y el amor que me faltaban.
La oportunidad de aquella misión en el extranjero que tanto había anhelado llegó de nuevo, once años después. Daba gracias porque Dios no había olvidado el deseo que yo había guardado de volver algún día a una misión en el extranjero; pero, al mismo tiempo, cuando por fin iba a ir, me preocupaba pensar si, con mis limitadas habilidades en el idioma, no terminaría siendo una carga para el equipo. Entonces, un hermano que ya había participado en una misión en el extranjero me animó diciéndome que, ya que Dios me había dado una oportunidad de bendición, debía ir sin falta. Tanto antes como ahora, lo que correspondía era seguir la guía de Dios; al darme cuenta de que había antepuesto mi propia terquedad, dejé atrás la vacilación y cobré valor.
El primer día que llegué a Japón, apenas hacía otra cosa que seguir a los hermanos que dominaban el idioma o que tenían más experiencia en la misión local. Pero pensé que no podía pasar así todo ese tiempo que había esperado durante años, así que desde aquella misma tarde empecé a pronunciar, una por una, las frases en japonés que había memorizado. A diferencia de mis temores, la gente escuchaba muy bien la palabra. Incluso me decían que se entendía con claridad. Poco a poco fui cobrando confianza y, al recordar también el pasado, cada día predicaba con gozo la verdad del Padre y de la Madre. Cuando encontraba a alguien que prestaba atención a mis palabras poco fluidas y escudriñaba la Biblia durante mucho tiempo, brotaba de manera natural una oración ferviente: que esa persona pudiera recibir al verdadero Dios.
Entonces me puse a pensar cuándo había sido la última vez que había predicado con tanta urgencia en el corazón. En realidad, también en Corea había tenido muchas oportunidades y, a mi manera, creía que me esforzaba; pero quizá, por culpa del ambiente ya conocido y de la rutina repetida, mi corazón se había vuelto insensible. La misión de corto plazo fue un nuevo impulso que despertó mi corazón adormecido y volvió a llenarlo de anhelo.
Después de regresar, durante el período del festival de predicación, saqué un breve momento antes del culto de la tarde del Día de Reposo y salí a predicar la palabra. Me encontré con una persona extranjera que descansaba en un parque. Estaba nervioso y no podía comunicarme bien, de modo que solo le presenté la iglesia y me alejé. Sin embargo, de repente aquella persona se dio la vuelta, se acercó a mí y me preguntó dónde estaba la iglesia, diciendo que quería visitarla. Justamente había en Sion un hermano que dominaba bien ese idioma, así que lo invité a Sion aquella misma noche. Luego supe que era el subentrenador de un equipo de tiro con arco que había venido a Corea para un entrenamiento especial. Como me contó que solía reflexionar mucho sobre el asunto del alma, se alegró al escuchar que existe una patria celestial a la cual hemos de regresar y recibió la bendición de llegar a ser hijo de Dios. El día antes de su regreso a su país, como quería conservar un recuerdo especial, decidimos visitar varias exposiciones que se estaban realizando en iglesias cercanas: la exhibición literaria y fotográfica “Nuestra Madre”, la exhibición “El Sincero Corazón del Padre” y “MEDIA’S VIEWS” (exposición de prensa). Aquel recorrido por las exposiciones lo conmovió profundamente, y así volvió a su país llevando en el corazón el amor del Padre y de la Madre.
Deseo participar en el evangelio en cada momento con el mismo fervor que sentí durante la misión de corto plazo. Me llevó mucho tiempo comprender que, cuando dejo de ponerme en el centro, renuncio a hacer las cosas a mi manera y obedezco la voluntad de Dios allí donde me encuentre, Dios siempre me concede la bendición de hallar a la familia celestial. Hubo un tiempo en que pensaba que yo debía ocupar el papel principal y estar siempre al frente. Por eso, cuando me alejaba del lugar que yo consideraba protagónico, me decepcionaba y vacilaba. Pero lo importante no era “dónde”, sino “con qué” actitud y “qué” estaba haciendo. Al fin y al cabo, quien dirige la obra del evangelio es Dios, y Dios no mira nuestra posición ni nuestro entorno, sino el centro de nuestra fe.
Pienso en qué papel debo desempeñar para alegrar a Dios en el escenario del hoy que él me ha concedido. Ahora sé que el protagonista no es alguien designado aparte, sino aquel que obra conforme a la voluntad de Dios. Por eso, aunque se trate de una función pequeña, quiero participar con fidelidad allí donde se me necesite y, cumpliendo mi parte con diligencia, poner un hermoso punto final en la historia del evangelio que Dios está escribiendo.