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El Evangelio del Reino en Todo el Mundo

No seguir mi propio camino, sino el camino de Dios

may. 202632
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  • Desde mis años de estudiante soñaba con llegar a ser un miembro del personal pastoral. Sin embargo, era un sueño a medias. Si uno ha de ser parte del personal pastoral, debe ponerse al frente para predicar el evangelio a todos los pueblos del mundo; pero, como el inglés me resultaba difícil, pensaba que al menos la misión en el extranjero era tarea de alguien más. Mirándolo bien, así actuaba en muchas cosas. Aun cuando había algo que deseaba hacer dentro del evangelio, en vez de discernir la voluntad de Dios, solía anteponer mis propios criterios o apoyarme en experiencias pasadas y en un conocimiento superficial, sacando conclusiones apresuradas desde el proceso hasta el resultado. Irónicamente, fueron varias experiencias de misión en el extranjero las que me hicieron reconocer esa contradicción y derribarla.

    En una etapa en la que el proceso para cumplir ese sueño no iba tan fácilmente como yo quería, partí por primera vez a una misión a corto plazo en Curitiba, Brasil. Deseaba descubrir en qué aspectos me faltaba crecer, suplir esas carencias y madurar; pero, una vez allí, desde el desconocido portugués hasta todo lo demás me pareció difícil e insuficiente, y no tenía idea de qué debía hacer ni cómo hacerlo. Aun así, no había tiempo para quedarme de brazos cruzados. El estado de Paraná, donde está Curitiba, tiene una superficie de casi el doble de Corea del Sur, pero Sion solo estaba en tres lugares, de modo que aun mis manos inexpertas debían servir de ayuda. Desde entonces, mi objetivo cambió: quise convertirme en un miembro de personal pastoral útil para completar el evangelio en Brasil.

    Después fui a São Paulo para una misión de largo plazo. Había muchas cosas que eran claramente distintas de la misión a corto plazo, en la que todo había sido frenético. No solo tenía que enfrentar lo desconocido, sino también comprender una cultura local que a veces resultaba difícil de asimilar; y, además, no se trataba de encontrar a los hermanos en poco tiempo y regresar a mi país, sino de permanecer allí y cuidar continuamente a los hermanos nuevos, algo que fue más duro de lo que había imaginado. Aunque invertía mucho esfuerzo y tiempo, ver que algunos, al no afirmarse aún en la fe, no podían caminar con constancia hacia Sion y finalmente se alejaban, me causaba un dolor muy grande y, al mismo tiempo, una profunda sensación de vacío. Quise servir a la iglesia como guía del grupo de estudiantes, pero, si ya me costaba comunicarme fluidamente con los adultos, mucho más difícil me resultaba entender el vocabulario de los jóvenes. Cada vez que eso ocurría, recordaba mis experiencias personales en Corea.

    “En Corea lo he hecho así; bastará con hacerlo igual aquí.”

    “Como todavía no domino bien el idioma, me acercaré a los hermanos cuando sea más perfecto.”

    “Aunque vaya a buscar a esta persona, seguramente no podré encontrarla…”

    Mientras pasaba más tiempo calculando y preocupándome, sopesando toda clase de condiciones en mi mente, mis pasos se fueron volviendo cada vez más lentos. Las experiencias que había acumulado cuidadosamente en Corea terminaron convirtiéndose, más bien, en una gran montaña que cubría mis ojos y entorpecía mis acciones. Sentí que, de seguir así, no lograría bien ni una cosa ni la otra y solo desperdiciaría el tiempo. Desde entonces, cuanto más complejos se volvían mis pensamientos, más procuraba pensar con sencillez.

    La razón por la que, al principio, decidí ser un miembro del personal pastroal fue porque vi un video que mostraba cómo la Madre celestial pasaba su día. Quería darle alegría a la Madre, quien, para salvar a las almas expulsadas del cielo a causa del pecado, se sacrifica y se entrega más que nadie y, aun así, siempre trata a sus hijos con sonrisa y amor. También la Madre habrá tenido muchas preocupaciones y cargas por sus hijos, que, con caracteres y pensamientos tan distintos, no siempre caminan rectamente por la senda de la salvación. ¡Cuántos obstáculos habrán bloqueado también su camino! Y, sin embargo, no vaciló ni se rindió, sino que dedicó su vida a predicar el evangelio y a cuidar a sus hijos. Si la Madre se hubiera detenido a medir y calcular las circunstancias y las condiciones, quizá hoy nosotros no estaríamos en Sion. Por eso, la manera en que yo podía darle alegría aquí era guiar aunque fuera a una sola alma más hacia la salvación. Y aquello en lo que debía apoyarme en ese proceso no eran ni mi experiencia ni mis pensamientos, sino Dios, la fuente de la vida.

    Cuando me concentré en lo esencial, en que debía salvar a las almas que tenía delante de mis ojos, se quebró el marco de mis pensamientos. Para superar las diferencias culturales, yo tenía que acercarme primero; y, por muy lejos que estuvieran, debía ir a buscarlas y enseñarles la palabra de la Biblia. Una vez que quedó firme en mí el centro de todo, esto es, la salvación de las almas, empecé a esforzarme como fuera, recurriendo al traductor, al diccionario y a la ayuda de los hermanos locales. Entonces, de manera sorprendente, la capacidad del idioma, que no mejoraba en absoluto cuando pensaba que era demasiado difícil aprenderlo, comenzó poco a poco a crecer. Hubo ocasiones en que me decía: “¿Me entenderán aunque hable así?”, y, aun así, el oyente comprendía y recibía la verdad. Fue entonces cuando entendí que lo que realmente necesitaba no era simplemente habilidad en una lengua extranjera, sino el anhelo ferviente de salvar un alma.

    Las diferencias culturales y la barrera del idioma no eran grandes tropiezos delante del amor de Dios. Había un hermano estudiante que asistía con frecuencia a Sion, pero, al entrar en la adolescencia, casi no hablaba y me era imposible comprender lo que pensaba. También durante las actividades del grupo de estudiantes evitaba mi mirada y, en algún momento, empecé a preocuparme mucho por él, porque se veía cada vez más distante. Pensando: “Si fuera la Madre, ¿cómo actuaría?”, me esforcé por comprenderlo y acercarme a él. Con el tiempo, ese hermano fue abriendo poco a poco la puerta de su corazón y empezó a mostrarse más dispuesto. Cuando regresé a Corea, incluso me escribió una carta que me conmovió profundamente: me decía que lamentaba no haber hecho más caso hasta entonces, que de ahora en adelante estudiaría bien la palabra, y que por favor volviera otra vez a Brasil.

    En realidad, para ese hermano tampoco habrá sido fácil aceptar las palabras o los pensamientos de un guía que había venido del otro lado del mundo. Pero mi sinceridad al querer compartirle el amor del Padre y de la Madre tocó su corazón; y, al ver aquello, los hermanos locales oraron con nosotros y nos ayudaron, de modo que llegamos a ser uno. Así, integrándome en el entorno local y armonizando con la familia de Sion, predicando juntos y cuidando juntos a los nuevos hermanos, pudimos encontrar en São Paulo a más de 130 hermanos y hermanas. Jun-hyeon / Corea
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