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Fragancias de Brotes Verdes

La razón por la que Dios se alegra por el arrepentimiento de una persona

abr. 20264
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  • Tengo sesenta años. Dicen que a esta edad muchos se preocupan porque se jubilan o hacen planes para la vejez, pero yo siento que estoy viviendo mi época dorada de felicidad. Me sorprendo al pensar: “Así de feliz puede ser una persona; días tan alegres como estos también pueden llegar”. Si recuerdo aquellos tiempos en que, sin tener una verdadera alegría, me decía resignado: “Así es la vida”, y vivía abatido, ni yo mismo puedo creer un cambio tan grande.

    Cuando era joven viví sin conocer grandes penurias, pero al entrar en los cuarenta mi situación empeoró drásticamente. Vinieron pruebas tan duras que sacudieron mi vida hasta el punto de querer soltarlo todo. Fueron días difíciles. Por más que trabajaba hasta el límite, no veía ni un rayo de luz. Cuando por fin resolví el problema que tenía delante, después de haber pasado por un túnel tan oscuro que ni siquiera recuerdo bien cómo sobreviví, ya habían transcurrido unos quince años.

    Cuando se disipó aquella tensión, lo que quedó fue un vacío profundo. Salía con amigos, disfrutaba de las diversiones banales y hasta viajaba solo en silencio, pero mi corazón seguía sin llenarse. Además, por mi carácter impulsivo, tuve varios problemas, y al ver que la vida no seguía un curso sereno como yo deseaba, no sabía cómo seguir viviendo de ahí en adelante.

    ¿Quién hubiera imaginado que encontraría la respuesta a la mayor pregunta de mi vida en una peluquería del vecindario? La dueña de la peluquería a la que iba de vez en cuando asistía a la Iglesia de Dios. Como no me interesaba la religión y además me cansaban las noticias negativas que cada cierto tiempo se oían sobre las iglesias del mundo, rechacé rotundamente su invitación de escuchar la palabra de la Biblia. Pensaba que todas las iglesias eran iguales. Sin embargo, después de rechazarlo unas tres veces, sin darme cuenta ya le seguía la conversación cuando me hablaba de la Biblia. En ese momento me sorprendía a mí mismo, pero ahora pienso que fue porque escuché la voz del Padre y de la Madre celestiales.

    La primera vez que fui a la iglesia fue por causa de la exhibición literaria y fotográfica “Nuestra Madre”. Aunque todavía sentía cierto rechazo, la palabra “madre” atrajo mi corazón. El contenido de las obras era una historia común que cualquiera podría encontrar, y aun así no pude contener las lágrimas. Sentí que mi corazón se llenaba de calidez, como si el regazo acogedor de una madre consolara todo lo que había vivido, mientras pasaban por mi mente como un relámpago aquellos años llenos solo de sufrimiento.

    Después de la exposición, examiné por primera vez la Biblia con verdadera atención. Al confirmar la palabra de que Dios creó los cielos, la tierra y todas las cosas, junto con múltiples pruebas, sentí un profundo impacto. Yo pensaba que Dios era un ser imaginario creado por los hombres y que la Biblia era un libro inventado por alguien. No tuve más remedio que reconocer mi ignorancia. La enseñanza de que Dios existe y de que Él es el Padre y la Madre celestiales que dieron nacimiento a nuestra alma me pareció completamente razonable, y nació en mí el deseo de recibir fuerzas en ese regazo cálido. Así que enseguida recibí la bendición de la vida nueva. Fue el comienzo de una vida nueva.

    Me resultaba extraño y, al mismo tiempo, asombroso que yo, que siempre había estado tan lejos de la fe, estuviera asistiendo a la iglesia. Después de mi primer culto del Día de Reposo, vi a los miembros reunidos en pequeños grupos examinando la Biblia. Me pregunté por qué la estudiaban tanto. Cuando empecé a estudiar, lo entendí. Aunque eran palabras difíciles de comprender una tras otra, en ellas estaba contenido el mensaje de salvación que Dios había dado a sus hijos. Como yo había comenzado tarde mi vida de fe, me parecía inútil asistir de forma ciega, y pensé que debía conocer correctamente la voluntad de Dios.

    Determinaba una porción para estudiar y leía la Biblia en casa, y de camino al trabajo escuchaba sermones en el automóvil. Al escuchar una y otra vez la palabra, que al principio me resultaba extraña y difícil, poco a poco empezó a entrar en mi mente y en mi corazón. La verdad que revela la existencia de Dios, por medio de la historia del mundo y los principios de todas las cosas, me parecía maravillosa, y al ver cómo se cumplían una a una las profecías de Dios, me daba una claridad inmensa. Cuando al fin comprendí con certeza que el Padre y la Madre celestiales eran los Padres de mi alma, se me erizó todo el cuerpo. Me dio muchísima vergüenza pensar que mis propios Padres habían venido a esta tierra y habían sufrido toda clase de aflicciones por causa mía. Sin saberlo, yo había vivido orgulloso de mí y había ignorado al Padre y a la Madre celestiales.

    Cuando guardé la Pascua que veía en la Biblia, en la que se come y se bebe la carne y la sangre de Jesús, mi corazón se llenó de emoción. Al comprender el corazón desgarrado del Padre y de la Madre, que anhelaban intensamente que sus hijos se arrepintieran y recibieran la salvación, nació también en mí el deseo de hacer algo. Quería comprender plenamente la verdad de la Biblia, como los demás hermanos y hermanas, y quería dar a conocer la verdad con confianza a otras personas, citando también con soltura los versículos. Hubo momentos en que mi determinación vaciló porque el cuerpo y la mente no seguían el ritmo de mi entusiasmo, pero por medio de los sermones que me daban ánimo en el momento oportuno y del estudio con los hermanos que iban delante de mí, volví a afirmar mi corazón.

    Por aquel tiempo salí a predicar siguiendo a un diácono. Era la oportunidad perfecta para poner en práctica la palabra que había preparado. Sin embargo, al final no pude dirigir ni una sola palabra y solo lo seguí por detrás. Me frustraba mucho mi propia falta de valor. Entonces me repetí: “A esta edad, ¿qué cosa no voy a poder hacer? Basta con depender de Dios”. Así salí a predicar sin compañía. Lo difícil era el comienzo; después de hablar una vez y luego otra, comprendí que, si uno tiene el corazón dispuesto, cualquiera puede hacerlo. Me sentí feliz y satisfecho. Cuánta alegría y cuánto agradecimiento sentía por poder transmitir la verdad al mundo. Al mismo tiempo, llegué a comprender, aunque fuera un poco, el esfuerzo del Padre y de la Madre, que habrán predicado solos durante tantos y tan largos años. Al pensar en el Padre y la Madre, que no se conformaron con perdonar nuestros pecados con su sangre, sino que recorrieron todos los lugares buscando a sus hijos que aún no habían despertado, no puedo evitar sentir vergüenza.

    A medida que fui conociendo el significado y el valor del evangelio, también mi carácter cambió mucho. Antes era un hombre de temperamento colérico, rígido y demasiado inflexible, y por eso casi no tenía gente a mi alrededor. Si algo no coincidía con mis criterios, enseguida discutía. Me preocupaba si podría adaptarme bien a Sion, pero esa preocupación quedó en nada, porque poco a poco me fui integrando en el ambiente de los hermanos, que siempre me sonreían y cuidaban de mí con constancia. Los hermanos y hermanas, que se parecían al Padre y a la Madre, llegaron a ser para mí personas a quienes quería imitar, y yo, que ni siquiera sabía abrir mi corazón a los demás, empecé a sentirme en paz cuando estaba con ellos.

    A finales del año pasado se celebró una “recepción de bienvenida para miembros nuevos”, y recibí de lleno las felicitaciones de los hermanos. Era la primera vez que recibía una acogida así, y aunque me daba vergüenza, me sentí tan feliz como si llevara alas de ángel. Me alegró simplemente sentir que se me confirmaba que estaba conviviendo bien con mis hermanos y hermanas dentro del redil donde están el Padre y la Madre.

    A veces me sorprendo por los grandes cambios que he vivido en tan poco tiempo. Siento que el Padre y la Madre siempre están conmigo, y a veces hasta sonrío estando solo. Sobre todo, después de guardar las Fiestas solemnes, camino con el pecho erguido. Antes me sentía ansioso, como si estuviera quedándome atrás en la carrera de la vida, y envidiaba a los amigos que se habían establecido en la sociedad y vivían bien; pero ahora eso ya no me importa en absoluto. Desde que encontré el propósito más seguro y más significativo de la vida, vivo cada día con bendición.

    He cometido muchos pecados, tanto en el cielo como en esta tierra, y no tengo rostro para levantar, pero desde que me acerqué a Dios, mi vida se ha vuelto realmente feliz. Por eso, supongo, Dios anhelaba tanto el arrepentimiento del pecador, hasta el punto de no pensar siquiera en el sufrimiento que tendría que pasar para que un hijo se arrepintiera. Cuando pienso en las bendiciones que recibo del Padre y de la Madre celestiales, sé que no puedo guardar esta felicidad solo para mí. Con un corazón siempre agradecido, acompañaré la obra de llevar al arrepentimiento a muchas almas. Porque eso es lo que más alegra al Padre y a la Madre celestiales, y también la única manera de corresponder a la gracia que he recibido.
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