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Fragancia de Sion

La segunda oportunidad

abr. 202617
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  • Soy un militar estadounidense destinado en Corea y actualmente presto servicio en Camp Humphreys, en Pyeongtaek. Esta es mi segunda misión en Corea. Tanto en mi primer destino como ahora, mi mayor anhelo ha sido el mismo: edificar Sion, el refugio espiritual de las almas, en este lugar donde viven cerca de 45 000 soldados estadounidenses y sus familias. Deseo que otros que también sufren en tierra extranjera puedan disfrutar de la verdad de vida que transformó de manera bendita la vida de mi familia y la mía.

    Conocí la verdad por primera vez hace diez años en Estados Unidos. En ese tiempo, mi esposa y yo habíamos asistido algunas veces a una iglesia dentro de la base militar, pero no lográbamos sentirnos realmente atraídos. Yo oraba a Dios pidiéndole que me mostrara el camino que debía seguir. Entonces, un vecino a quien conocí en un parque me preguntó si quería estudiar la Biblia. Después de hablarlo con mi esposa, le respondí que sí y fui a la iglesia el día acordado.

    Ese lugar era la Iglesia de Dios. Aquel día estudiamos las profecías de Daniel y del Apocalipsis. ¿Puede imaginar la conmoción que sentí al aprender acerca de la historia del mundo que Dios ha guiado exactamente conforme a su voluntad, sin el menor error, y también acerca de la identidad de Satanás, algo que nunca antes había imaginado? Hice toda clase de preguntas y, aunque estudiábamos la palabra hasta el amanecer, no era suficiente; por eso seguimos estudiando al día siguiente y también al siguiente.

    Desde pequeño asistí a la Iglesia católica con mi madre, pero en realidad no conocía bien la Biblia. Cuando preguntaba al sacerdote sobre la expresión “nosotros” que aparece en Génesis o sobre el asunto del alma, solo recibía respuestas ambiguas, como: “Ore a Dios y llegará a saber la respuesta”. Solo la Iglesia de Dios respondió a todas mis preguntas por medio de la Biblia. La respuesta sobre el alma, que tanto había querido conocer, estaba ya escrita desde la primera página del Libro de la Verdad “Los Visitantes del Mundo Angelical”, dejado por el señor Ahnsahnghong. Así como Dios mismo respondió a Job, quien no comprendía la razón del mundo espiritual, sentí que Dios también había respondido personalmente a mis preguntas. El señor Ahnsahnghong, quien dio a conocer la verdad que nadie en el mundo podría saber, ciertamente es Dios.

    Decidido a seguir la palabra de Dios, continué aprendiendo la verdad con constancia en Sion. Sin embargo, al principio, la enseñanza sobre Dios Madre solo la entendía de manera literal; no lograba recibirla en mi corazón. En medio de esa lucha interior, un hermano me invitó a predicar junto con él. Al principio solo permanecía detrás de él, pero poco a poco empecé a compartir la palabra. Curiosamente, cuanto más predicaba, más profundamente quedaban grabadas en mi corazón la existencia y el amor de Dios Madre. Era como si no estuviera predicando a otra persona, sino a mí mismo. La predicación fue un medio seguro para comprender la existencia de Dios y su amor infinito.

    Mientras estaba en Sion, no solo creció mi fe, sino que también cambié mucho como persona. Antes, mi manera de hablar era áspera y solía acercarme a cosas dañinas para el cuerpo. Eran hábitos que había adquirido al cumplir misiones y entrenamientos militares intensos y peligrosos. Y aun en Sion, mi comportamiento no era muy diferente. Pero los hermanos no me reprendieron con dureza; más bien, tuvieron paciencia y me esperaron durante mucho tiempo, hasta que yo pudiera comprender y practicar las buenas enseñanzas de Dios. Me enseñaron con detalle que debía convertirme en una persona mejor, digna del pueblo de Dios. Desde entonces, fui adoptando poco a poco nuevos hábitos: hablar con mansedumbre, guardar con aprecio los cultos y cuidar de los hermanos. Me impulsaba el deseo de ser un buen ejemplo para quienes apenas comenzaban a venir a Sion.

    En 2020, en pleno auge de la pandemia de COVID-19, recibí una orden de traslado a Corea. Aunque fue una partida repentina, sentí como si estuviera regresando a mi patria. Quizá porque era la nación donde se encuentra la Madre celestial. Dios, que conoce mi debilidad, me había preparado de antemano una familia de Sion en la misma unidad militar, e incluso en la misma oficina. Y en Sion había muchos hermanos coreanos que hablaban bien inglés, por lo que no tuve dificultades para comunicarme.

    Agradecido por la atención y la consideración inagotables de la Madre, quien me permitió tener las condiciones para guardar la fe dondequiera que estuviera, quise corresponderle con preciosos frutos del evangelio. Así, llevé a la práctica mi determinación y prediqué la palabra a una familia de cuatro personas que vivía en el mismo departamento que yo, guiándolas al seno de Dios. También dos primas de mi esposa visitaron Corea, escucharon la verdad y recibieron a Dios. A los familiares que estaban en Estados Unidos les compartí la palabra de manera constante en línea, y otras cuatro primas de mi esposa acudieron personalmente a una Sion cercana y recibieron la bendición de la nueva vida. Ahora todos han crecido como firmes colaboradores del evangelio. Recuerdo también con alegría que, en aquel tiempo, formamos entre los hermanos militares estadounidenses un equipo llamado “Harmony” (Armonía), y nos ayudábamos y animábamos mutuamente en el evangelio.

    Antes de regresar a Estados Unidos, después de concluir mi servicio en Corea, tuve la gracia de poder ver a la Madre celestial. Ella me bendijo y me pidió que recordara todo lo que había aprendido en Corea. Sinceramente, no me sentí completamente feliz de volver a mi país. Me pesaba no haber compartido la verdad con más diligencia a mis compañeros mientras estaba en Corea, y no haber practicado con mayor esmero el amor de Dios. Tomé ese arrepentimiento como una fuerza impulsora y me propuse que, tal como la Madre me había dicho, pondría en práctica en Estados Unidos todo lo que había aprendido y comprendido en Corea.

    La Sion que estaba cerca de mi nuevo lugar de servicio en Estados Unidos era un lugar que necesitaba mucha atención y cuidado. Había pocos obreros para atender a los hermanos, en comparación con el número de miembros. El diácono y su esposa que administraban aquella Sion no tenían descanso: cuidaban de los hermanos, predicaban y, aun así, cumplían su misión siempre con alegría y gratitud. A través de ellos comprendí cosas que antes no había pensado: el sacrificio de la Madre, que cuida de todas las Siones del mundo día y noche; el esfuerzo de los pastores que siguen su ejemplo; y que una vida de sacrificio por el evangelio es, en verdad, el camino para estar con la Madre. Tal como me había unido a los hermanos en Corea, traté también de ayudar a los diáconos y de transmitir amor a los hermanos.

    Aun así, Corea seguía viniendo constantemente a mi mente. Corea es el país con más Siones, pero en la base donde yo había servido no existía una Sion. También a las personas que vivían allí alguien tenía que anunciarles la verdad del nuevo pacto. En mí nació un profundo sentido de misión y, al poco tiempo, se me presentó una segunda oportunidad de volver a Corea.

    Llegué a Corea lleno de expectativas, pero la situación era distinta a la anterior. La mayoría de los hermanos militares estadounidenses con quienes había compartido ese tiempo ya habían regresado a su país, y en la base solo quedaba yo. Me sentía perdido al pensar qué podía hacer por mi cuenta, después de haber recibido siempre la ayuda de los hermanos. Pero ya conocía la respuesta: no debía depender de nadie, sino simplemente cumplir la misión que Dios me había concedido.

    Comencé a hacer, paso a paso, lo que me correspondía. Primero, me ofrecía con alegría para realizar los trabajos difíciles que mis compañeros evitaban. Al ver mi actitud, mis compañeros y superiores se preguntaban cómo podía mantenerme siempre tan positivo. Mientras les hablaba diligentemente de Dios, quien es el centro de mi vida, y de la verdad del nuevo pacto, fui encontrando uno por uno a hermanos militares estadounidenses que anhelaban al Dios Elohim. Pensé que Dios me había confiado esas preciosas almas; por eso, aunque me sentía tan tenso como quien sostiene a un recién nacido en brazos, pedí a Dios la capacidad necesaria y me esforcé por parecerme a los hermanos que habían cuidado de mí.

    Recientemente, por la gracia del Padre y de la Madre, fui ascendido dentro de la base militar. Cuando un soldado estadounidense asciende, suele celebrarlo junto con su familia, sus compañeros y sus superiores. Como el ascendido puede escoger libremente el lugar, después de consultarlo con el personal pastoral decidí realizar la ceremonia de ascenso en Sion. Mientras expresaba mi agradecimiento a los miembros de la unidad que vinieron a felicitarme, les presenté qué clase de lugar es Sion, cuán preciosa es la verdad del nuevo pacto y cuán benditamente había cambiado mi vida y la de mi familia al comprender esa verdad. Fue un momento tenso y emocionante, pero di gracias a Dios por haber cumplido mi deseo de anunciar la noticia de salvación a mis compañeros con quienes comparto tantas dificultades.

    Aún hay muchos compañeros a quienes no he podido transmitir el amor y la gracia de Dios. Por eso tengo un “credo de servicio espiritual” con el que siempre vuelvo a recordar y confirmar mi meta: anunciar la alegre noticia de la salvación a todas las personas dentro de la base y finalmente edificar allí Sion. Es una reinterpretación espiritual del “credo de servicio” que contiene los valores y la misión que debe seguir un soldado. Recito una y otra vez ese credo, en el que prometo “armarme con la palabra de Dios como soldado de la verdad, considerar la misión del evangelio como mi prioridad, practicar la enseñanza del amor de Dios, servir a los hermanos y permanecer con ellos hasta el fin”, y así examino siempre si mis acciones de cada día están o no en conformidad con mis convicciones.

    Al volver la mirada a mi vida de fe, comprendo que Dios me ha permitido, tanto en Estados Unidos como en Corea, un proceso de entendimiento para que yo tenga una fe digna de la salvación. Situaciones que antes me habrían parecido duras y difíciles, ahora las recibo como la voluntad de Dios para hacerme crecer; por eso vivo cada momento como algo precioso y feliz.

    Mediante cada una de estas oportunidades de entendimiento, deseo llegar cuanto antes a tener una fe que agrade a Dios. Y también oro para cumplir mi determinación de compartir con todas las personas de la base la gracia que he recibido de Dios. Hasta el día en que pueda recitar delante de Dios mi credo de servicio espiritual y reportarle que he cumplido la misión que me encomendó, seguiré avanzando con diligencia en el evangelio.
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