Mi esposo y yo administramos un restaurante de comida china. Al principio también hacíamos servicio de entrega a domicilio, pero al cumplirse un año desde la apertura decidimos atender solo a los clientes que venían directamente al local. Desde entonces, al ver a quienes hacen el esfuerzo de venir hasta aquí, la palabra que se me ha vuelto habitual es “gracias”. Cuando llueve mucho, cuando nieva, en los días calurosos o en los días fríos, siento un profundo agradecimiento hacia cada cliente que nos visita. Por eso, casi como una costumbre, siempre los saludo diciendo: “Muchas gracias”.
Un día, uno de los clientes me preguntó:
“¿Por qué está tan agradecida?”
“¿Cómo no estarlo, si se ha tomado la molestia de venir hasta aquí?”
Así como expreso mi gratitud a los clientes que vienen a visitarnos, he decidido convertirme en una hija que cada día da gracias al Padre y a la Madre celestiales, quienes vinieron hasta esta lejana tierra por sí mismos para buscar a hijos pecadores como nosotros.