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Un Versículo Grabado en Mi Alma

Para que sean perfectos en unidad

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  • Jesús oró fervientemente por sus discípulos durante la cena de la Pascua. Reiteró en varias ocasiones su deseo de que ellos vencieran el odio y la persecución del mundo, cumplieran la misión del evangelio y permanecieran unidos, para que fueran perfectos en unidad. Al día siguiente tendría que cargar en soledad el inmenso sufrimiento del castigo de la cruz para consumar la obra de salvación ya determinada; aun así, profundamente preocupado por los discípulos que quedarían en el mundo después de su muerte, anhelaba que se unieran completamente en Dios.

    Sin embargo, los discípulos no comprendieron su corazón e incluso en la mesa de la Pascua, que concedía la bendición de la vida eterna, discutían sobre quién sería el mayor (Lc 22:20–24). ¿Cómo se habría sentido Jesús en aquel momento? La actitud de los discípulos me recordó a mí misma, todavía orgullosa e incapaz de unirme verdaderamente. Al pensar en el Padre y la Madre celestiales, que se entristecerían por alguien como yo, las lágrimas brotaron sin darme cuenta. Comprendí que, si de verdad amo al Padre y a la Madre, debo seguir su ejemplo de humillarse y servir a los hijos, y también yo servir con humildad a mis hermanos y hermanas.

    La oración del Padre, repetida tantas veces hace dos mil años, continúa hoy como la oración de la Madre celestial en esta época. Ahora es el momento de amar y servir a los hermanos y hermanas en Dios, y de alcanzar una unión perfecta.
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