Cuando el olor del ginkgo se percibe en las calles, siento de inmediato que el otoño ha llegado. En ese otoño tan breve, que pasa en un abrir y cerrar de ojos, hay una persona que siempre viene a mi mente. Es mi padre, quien recogía los frutos del ginkgo —que todos procuraban evitar—, les quitaba la cáscara con sus propias manos, tostaba las semillas y las ponía en la boca de nuestra familia.
El ginkgo tiene un olor fuerte, pero también muchos beneficios para la salud. Es bueno para los bronquios y ayuda a mejorar la circulación sanguínea y la digestión. Por eso, cuando llegaba el otoño, toda la casa se llenaba del olor del ginkgo, un olor que además no se iba fácilmente. Como a nosotros nos desagradaba ese aroma tan penetrante, mi padre cerraba la puerta del balcón y, en silencio, pelaba los frutos él solo. En aquel entonces no entendía por qué se tomaba la molestia de hacer un trabajo tan engorroso, maloliente y laborioso.
Comencé a comprender el corazón de mi padre después de que él falleció y yo me hice adulta. Hoy en día, entre los ginkgos que se venden ya procesados, no es raro que algunos importados se hagan pasar por producto nacional. Mi padre, seguramente, quería dar a su familia ginkgos mejores, recolectados y preparados por él mismo. Para mí, que tenía problemas digestivos y sufría con frecuencia dolores de estómago; para mi hermano menor, que se resfriaba a menudo; y para mi madre, cuyo sistema inmunológico era débil, mi padre, cada vez que llegaba el otoño, preparaba personalmente los frutos del ginkgo, como si los hubiera estado esperando durante todo el año. Con la llegada del otoño, extraño a mi padre, que siempre anteponía la salud de su familia a su propia comodidad.
El Padre celestial, que dejó toda la gloria del cielo para venir a esta tierra, que durante el día realizaba el duro trabajo de cantero y por la noche escribía los Libros de la Verdad para sus hijos, ¿no tendría un corazón semejante? En un claro día de otoño, al mirar el cielo despejado, pienso en él.