Últimamente me he enamorado de hacer pan. Los panes fermentados, como la chapata o el pan campesino, pueden quedar bastante bien si se logra una buena fermentación. Un día, como no tenía tiempo, después de mezclar la levadura con la masa, la puse enseguida en el refrigerador y me fui al trabajo esperando que fermentara bien. Al volver del trabajo, saqué la masa del refrigerador y descubrí que no había fermentado en absoluto. A toda prisa intenté hacerla fermentar sumergiéndola en agua templada, pero fue en vano. El pan que horneé en ese estado solo tenía apariencia de pan por fuera; por dentro, terminó con una textura como la de un pastel de arroz. La causa fue haber puesto la masa a fermentar en frío inmediatamente después de prepararla. Dicen que, en cuanto la masa entra en contacto con el aire frío, la fermentación empieza a detenerse desde la superficie. Primero es necesario dejar que la masa fermente lo suficiente en un lugar cálido y después hacer la fermentación en frío. Solo así las bacterias lácticas se multiplican, el sabor se desarrolla y se obtiene un pan delicioso. Me hice una pregunta a mí misma. Quiero convertirme en alguien en quien no solo en el exterior, sino también en lo más profundo del corazón, esté impregnado el cálido amor del Padre y la Madre celestiales. Con ese corazón, hoy deseo ofrecer unas palabras cálidas. Las palabras del amor de la Madre, que hacen sentir cálidos tanto a quien las dice como a quien las escucha.