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Consuelo

Con tan solo una pequeña cosa

abr.. 1, 202615
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  • Cuando era niña, una vez le llevé a mi madre una hoja colorada de arce diciéndole que era un regalo. En aquel entonces, yo creía que le estaba entregando lo más hermoso y valioso que tenía.


    Ahora que lo pienso, no era más que una hoja cualquiera entre tantas que caían al camino, una hoja cuya ausencia nadie habría notado aunque desapareciera.


    Sin embargo, mi madre todavía conserva aquella hoja de arce. La ha guardado entre las páginas de un Libro de la Verdad, durante más de veinte años.


    Mi madre guardó en su corazón aquella imagen de mí, cuando siendo pequeña pensaba en ella y escogía la hoja más bonita; guardó también ese sentir con el que la llevaba apretándola con ambas manos, por temor a perderla antes de dársela.


    Aunque para los demás parezca no tener ningún valor, para mi madre, es un tesoro más precioso que cualquier otra cosa.


    ¿No será por esta misma razón que nuestros Padres celestiales valoran tanto nuestra pequeña sinceridad? Ellos valoran cómo nos humillamos, nos sacrificamos y procuramos transformarnos hermosamente para parecernos a ellos.


    También contemplan ese corazón con el que guiamos con cariño a los hermanos y hermanas celestiales perdidos, hasta que regresen a nuestros Padres celestiales.


    Nuestros Padres celestiales nos consideran seres preciosos, irreemplazables y absolutamente necesarios, con tan solo una pequeña cosa.

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