La primavera de nuestra familia creada por palabras amables
oct. 202650
Tamaño de letra
Kim Minjeong / Corea
Cada mañana tengo una agradable rutina que se repite: leer el mensaje de texto que mi esposo, quien trabaja en otra región, me envía antes de ir al trabajo y responderle con palabras de ánimo. Hace apenas unos años, era una escena que no habría imaginado.
Hasta que nuestro matrimonio llegó a compartir una vida cotidiana apacible, pasaron muchísimos años. Desde que nuestros hijos eran pequeños, mi esposo trabajaba en obras de construcción por todo el país. El tiempo en que sudó lejos de su familia desde la madrugada hasta altas horas de la noche superó, sin darnos cuenta, los diez años. Sin embargo, eso no significaba que mi esposo se hubiera vuelto insensible a una vida tan agotadora. Cuando dejó entrever sus sentimientos, como si fuera una broma, diciendo: “Qué bien por ti. Estás todos los días con los niños”, pensé que él también debía de sentirse solo y cansado. Yo también, como esposa y madre, me esforzaba al máximo en las tareas del hogar y en la educación de los niños, con sentido de responsabilidad. Incluso cuando, al vivir como un matrimonio que solo se veía los fines de semana, tuve que afrontar sola la adolescencia de nuestros dos hijos, no mostraba lo difícil que era. Simplemente procuraba tratar bien a mi esposo para que pudiera descansar cómodamente cada vez que venía a casa los fines de semana.
Pero, a diferencia del cariño que sentíamos, mi esposo y yo teníamos muchas cosas en las que no encajábamos. Yo, que había vivido toda mi vida con un carácter reservado, no sabía expresar lo que llevaba dentro; aun cuando había algo que agradecer, lo dejaba pasar vagamente pensando: “Seguro que lo sabe aunque no se lo diga”. Mi esposo, de carácter delicado, se sentía herido por eso. Después de sufrir en un lugar desconocido y volver a casa después de mucho tiempo, seguramente deseaba recibir consuelo y fuerza de su familia. Era comprensible, pues la persona que es su esposa no sabía decirle ni una sola palabra cálida de ánimo. Aunque parecía que nos llevábamos bien, era común que de repente soplara un viento frío entre nosotros. Aun así, no le di mucha importancia, pensando que todas las parejas que crían hijos viven así.
El cambio llegó a nuestra relación matrimonial, que venía pasando por dificultades, hace unos dos años. En algún momento, mi esposo comenzó a escribirme y enviarme mensajes con esmero cada mañana. Cada mensaje estaba impregnado su sincero deseo de que pasara bien el día y de que siempre estuviera sana. Al imaginar sus manos ásperas buscando cuidadosamente las palabras y tecleando en su celular cada mañana, sentí el profundo amor que me tenía. Yo también, aunque me resultaba incómodo, empecé a enviar respuestas breves para expresar mi corazón, y más adelante escribía y enviaba mensajes con esmero, incluso añadiendo emoticones.
“Gracias”, “Que hoy también comiences el día con alegría”, “Te amo”, “Tómate una taza de café caliente antes de trabajar…”.
Al principio me daba vergüenza y pensaba: “¿Será necesario decirnos estas cosas entre esposos? ¿No pensará la gente que da vergüenza ajena?”. Pero solo fueron difíciles las primeras veces; al seguir haciéndolo, no era algo imposible. Bastaba apenas un minuto para escribir unas cuantas palabras. Por aquel tiempo, al conocer la campaña “Palabras de Amor de la Madre”, expresé mi corazón con más empeño, convencida de que las palabras amables verdaderamente atraen la armonía al hogar. Como antes solo soltaba las palabras sin cuidado, usar un tono más suave también me hacía sentir bien a mí misma.
A mi esposo, que disfruta especialmente las videollamadas, le gusta llamarme a menudo después del trabajo para contarme lo que ocurrió durante el día. Sinceramente, en los asuntos de su empresa hay muchos términos desconocidos para mí, así que casi no entiendo nada. Pero, como conozco mejor que nadie el esfuerzo de mi esposo, lo escucho con atención y lo elogio diciendo: “Eres el mejor” y “Trabajas muy bien”. Verlo sonreír contento al otro lado de la pantalla me llenaba de satisfacción. Más tarde supe que mi esposo presumía ante sus compañeros de trabajo y conocidos de las conversaciones que tenía conmigo.
En realidad, escuchar sus historias y decirle unas palabras que reconozcan su esfuerzo no es algo tan difícil ni tan trabajoso. En cambio, la emoción que recibe la otra persona no es poca. Aun así… ¿por qué había sido tan escasa en mis expresiones? Sentía mucha tristeza por no haberlo cuidado mejor desde antes.
Un día, mientras hablábamos por teléfono, mi esposo me dijo:
“¿Puedo ir a la iglesia esta semana?”
Por un instante pensé que había escuchado mal. Mi esposo había recibido la bendición de la nueva vida un mes después de que yo recibí la verdad, pero todo había terminado ahí. Seguramente no tenía interés ni tiempo para examinar la palabra de la Biblia. Aun así, no desconocía mi deseo de recibir juntos bendiciones en Dios, y al verme cambiar, parece que abrió su corazón. Al verlo guardar, uno tras otro, su primer Día de Reposo y su primera Pascua, me parecía estar soñando. Tal vez porque recibió mucha gracia durante el culto, mi esposo prometió guardar el Día de Reposo cada mes aunque estuviera ocupado.
Una noche de Día de Reposo, después de terminar el culto, mi esposo me dijo que me agradecía. En esas palabras sentí no solo gratitud, sino también disculpa, cariño… y muchas otras emociones, por lo que me conmoví profundamente. Calmando mi corazón rebosante, yo también le expresé mi gratitud.
Nunca imaginé que nosotros, que nos heríamos por una sola palabra o una actitud del otro, llegaríamos a comprender el esfuerzo mutuo y a intercambiar palabras amables. Después de recorrer un largo camino, por fin siento que nos encontramos con la sinceridad del otro. Al mirar atrás, veo que me faltaba mucho. Deseaba que mi esposo obtuviera el descanso eterno, aun cuando no lo ayudaba debidamente a descansar cómodo en casa, pese a que debía de llevar un peso grande sobre sus hombros como cabeza de familia. Agradezco y pido perdón a mi esposo, que primero tuvo el valor de expresar amor.
Ahora también en Sion procuro tratar con afecto a los miembros. Ya no quiero poner como excusa que no puedo hacerlo porque mi carácter es reservado. Como soy hija de Dios, si hay algo innato en mí, seguramente no es otra cosa que el amor. Tanto en casa como en Sion, deseo transmitir únicamente amor con palabras bondadosas y afectuosas. Orando para llegar a ser así de verdad, dirijo palabras cálidas y saludos amables a mi esposo, a los hermanos y hermanas, y a mis prójimos.