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El Evangelio del Reino en Todo el Mundo

Para comprender el corazón de Dios

oct. 20265
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  • Por fin tuve la oportunidad de realizar la misión de largo plazo con la que tanto había soñado, en Kenia. Estaba emocionada, pero al mismo tiempo me preocupaba si sería capaz de hacerlo bien, así que hasta el día de mi partida siempre hice la misma oración: que mi vida del evangelio en Kenia fuera un tiempo en el que pudiera comprender plenamente el corazón del Padre y la Madre celestiales y dar alegría a Dios.

    La mayoría de los kenianos son cristianos y mostraban mucho interés en la Biblia. Escuchaban con atención la verdad que les predicábamos y algunos incluso venían a Sion para estudiar más la palabra de Dios. Sin embargo, era muy frecuente que dejaran de comunicarse con nosotros al poco tiempo. A veces perdía las fuerzas por la decepción, pero cuando pensaba en el corazón del Padre y la Madre celestiales, que seguramente derramaban lágrimas de tristeza al ver a las almas que vagaban sedientas del agua de la vida, no podía desanimarme.

    Mientras iba comprendiendo poco a poco ese amor infinito y continuaba recorriendo con diligencia el camino del evangelio como de costumbre, un día saludé a una señora que caminaba con sus dos hijos. Cuando le hablé de la Madre celestial, se mostró sorprendida e interesada. Ese fue mi primer encuentro con la hermana.

    Desde el día siguiente, la hermana venía a Sion todos los días para estudiar la palabra. Cuando había algo que no entendía, preguntaba una y otra vez, y así iba adquiriendo una mayor convicción acerca de la verdad. Incluso me enviaba mensajes de texto diciendo: “Quiero ser feliz en Dios. Por favor, oren para que pueda ser feliz”.

    Al ver que la hermana aceptaba la palabra con la pureza de un niño, le expresé sinceramente mi deseo de que recibiera la bendición de convertirse en hija de Dios. Pero, por alguna razón, ella dudó. No podía entender qué le hacía dudar, cuando había estado aceptando con dulzura la palabra, como un panal de miel, y estaba llena de alegría al conocer la verdad.

    Después de eso, no pude verla durante un mes. Cuando intentaba comunicarme con ella, solo me decía que estaba ocupada. ¿Habría surgido algún problema que no podía contarle a nadie? ¿O acaso todavía no estaba convencida de la verdad? Cada noche me preocupaba por ella y no podía dejar de pensar en su situación. Lo único que podía hacer era orar. Le pedía a Dios que la hermana regresara a Sion y recibiera la promesa de la salvación.

    Después de mucho esfuerzo, pude volver a encontrarme con ella y escuchar lo que había sucedido. Me explicó que, debido a varias circunstancias que se habían juntado, había estado viviendo sin apenas tiempo ni tranquilidad, por lo que no había podido venir cómodamente a estudiar la Biblia. Al escuchar todo lo que había vivido y lo cansada y agobiada que debía de haberse sentido, se me llenaron los ojos de lágrimas. Me sentí mal por no haber comprendido todo lo que estaba pasando en su corazón y deseé que, a partir de entonces, pudiera disfrutar de paz en los brazos de Dios.

    Después de eso, la hermana volvió a visitar Sion con frecuencia para estudiar la palabra, como antes. Cada vez que venía, procuraba preguntarle con cariño cómo estaba, escuchar incluso sus pequeñas historias y tratarla con amor y atención. No hacía nada especialmente extraordinario por ella, pero podía sentir que, con la ayuda de Dios, el cálido amor estaba comenzando a anidar en su corazón.

    Antes de la Pascua, reuní valor y volví a invitarla a recibir la bendición de la nueva vida. Su respuesta fue: “YES”. Volví a llorar. Esta vez fueron lágrimas de alivio y alegría. La hermana, que había renacido como hija de Dios Elohim, celebró la Pascua con gracia y, junto con sus dos hijos, continúa asistiendo fielmente a los cultos y fortaleciendo su fe.

    El tiempo que pasé preocupada y derramando lágrimas mientras guiaba a la hermana fue un tiempo de sacrificio y paciencia que el Padre y la Madre ya habían experimentado primero para encontrar a una de sus hijas. Al caminar por el camino que Dios había recorrido antes que yo y dedicar todas mis fuerzas y mi corazón a salvar a una sola alma, finalmente pude comprender, aunque solo fuera un poco, el corazón afligido del Padre y la Madre, que buscan a sus hijos.

    Como había orado antes de venir a Kenia, estoy profundamente agradecida por haber podido comprender el amor de Dios, tan amplio y profundo como el mar. Hasta que encontremos al último de sus hijos, las lágrimas y la espera del Padre y la Madre no cesarán. Comprendiendo ese corazón, correré sin descanso en busca de nuestros hermanos y hermanas perdidos.

    Siguiendo fielmente el ejemplo de nuestros Padres celestiales, deseo que mi vida sea motivo de alegría para Dios.
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