Este año mi madre cumplió 75 años y recorrió un largo camino para visitar a su hija, que se casó y vive en el extranjero. Parece que fue bastante agotador pasar trece horas sentada en el estrecho asiento del avión. Nada más bajar del avión y verme, lo primero que dijo no fue “¡Qué alegría verte!”, sino: “¿Por qué tienes que vivir tan lejos?”. Aun así, sé que mi madre habría contado los días, uno por uno, esperando con ilusión el momento de venir a ver a su hija.
Hace años, cuando mi esposo y yo viajamos de Estados Unidos a la casa de mis padres en Corea para pedirles permiso para casarnos, mi madre le preguntó a mi esposo cuál era su apellido. Cuando le dijo en inglés “Uchil”, ella preguntó: “Ah, ¿su apellido es Woo?”. Por más que le repetí varias veces que no era “Woo”, sino “Uchil”, hasta el día de hoy mi madre sigue llamándolo “yerno Woo”.
También hay una anécdota divertida de la primera vez que mi madre tomó un avión para venir a verme. Cuando un personal del control de seguridad del aeropuerto le preguntó si llevaba en el equipaje algún líquido, como agua, ella respondió con toda seguridad que no. Sin embargo, al pasar la maleta por el control, el empleado dijo que había líquido dentro y le pidió que la abriera. Lo que apareció fue un recipiente de 1.5 litros lleno de aceite de sésamo. Mi cuñado, desconcertado, le preguntó: “Suegra, ¿no dijo que no llevaba ningún líquido en la maleta?”. Sin mostrar la menor vergüenza, ella insistió: “Así es. No llevo ningún líquido. Solo aceite de sésamo. El aceite y el agua son cosas completamente distintas”.
Mi madre, que antes estaba llena de tanta energía, ahora hasta tiene dificultades para caminar. Esta vez también recorrió un largo camino para ver a nuestra familia y, nada más verme, lo primero que dijo no fue “¡Qué alegría verte!”, sino: “¿Por qué tienes que vivir tan lejos?”. Pude sentir el corazón de mi madre, que seguramente había contado los días esperando venir a ver a su hija. Cuando los miembros de Sion le preguntaron si le gustaba estar en Estados Unidos, respondió: “No es que me guste haber venido a Estados Unidos; lo que me gusta es poder ver a mi hija y comer junto a ella”.
En ese momento comprendí algo. Para la mayoría de las personas puede haber países o ciudades considerados buenos lugares para vivir, pero para una madre, el lugar donde puede encontrarse con su hija es el mejor destino de todos, por encima de cualquier país o ciudad.
En el universo, la Tierra es un lugar tan pequeño e insignificante que su existencia apenas parece tener sentido. Sin embargo, la Madre celestial vino a esta Tierra, la ciudad de refugio, únicamente por sus hijos. Aun sabiendo lo arduo que sería el viaje y cuán solitario y largo sería el camino, vino sin vacilar. Hoy, incluso en esta tierra lejana, siento muy cerca ese profundo y entrañable amor de la Madre.