Mi madre, que vino del campo, dejó hoy frente a la puerta de mi casa un gran paquete de maíz recién cocido, bien caliente y aún humeante.
Como crecí en el campo, de niña comí tanto maíz que terminé por cansarme de él. La verdad es que no me gusta mucho el maíz. Sin embargo, como a mi hijo le encanta, no tengo más remedio que guardar la mitad tal como está y desgranar la otra mitad para congelar los granos. Cuando paso varios días desgranando aquella gran cantidad de maíz, termino con los pulgares doloridos. Como no es una tarea precisamente agradable, a veces hasta la hago de mala gana.
Un día nos enteramos de que mi padre, quien regresó al campo para dedicarse a la agricultura después de jubilarse, se había lesionado un pie y no podía cosechar el maíz. Así que, muy temprano por la mañana, mi madre y yo fuimos al campo.
Aunque la ola de calor extremo había cedido un poco, el sol del campo seguía siendo tan intenso que lastimaba la piel. Me protegí bien con mangas para el sol y un sombrero antes de dirigirme al maizal. Mientras mi madre cosechaba el maíz, yo le quitaba las hojas. Deshojar el maíz tampoco era una tarea fácil. De tanto hacer fuerza para partir los tallos, al final perdí la sensibilidad en los pulgares.
Cuando pensé que ya habíamos terminado, vi un enorme montón de maíz que habían traído los vecinos. Decían que estaba demasiado maduro para comerlo y que tal vez solo serviría como alimento para las gallinas. Sin embargo, mi madre dijo que, si se cocinaba lentamente en un gran caldero, todavía podría comerse, y comenzó a quitarle las hojas.
Había tanto maíz que ni siquiera cabía todo en el caldero. Después de hervirlo durante más de dos horas, por fin quedó con ese sabor dulce y esa textura tierna y elástica que lo hacían realmente delicioso.
No todo terminaba al cocer el maíz. Después había que sacar del gran caldero el maíz, del que aún salía abundante vapor, y dejarlo enfriar. Solo así podían llevarlo a casa sin preocuparse de que se estropeara con el paso del tiempo.
Mi madre envolvía uno por uno los maíces que iba sacando con sus propias hojas para que no se resecaran. Luego apartaba para nuestra familia únicamente los más bonitos y apetitosos. Los que tenían los granos dispersos e irregulares quedaban todos para mis padres.
Aunque tenía el pie muy hinchado y caminaba cojeando, mi padre no dejaba de moverse. Añadía o retiraba leña para que el maíz se cociera bien. Por más que le decíamos que se sentara a descansar para que la herida no empeorara, él acercaba una silla a mi madre para aliviarle el trabajo o trasladaba recipientes y canastos de un lado a otro.
Cuanto más se iba impregnando el patio con el aroma del maíz cocido, más empapados quedaban mis padres por el calor y el sudor.
Al ver todo el esfuerzo que hacían, sentí vergüenza de mí misma. Hasta entonces, ni siquiera había apreciado el maíz que siempre cocinaban y traían para nosotros. Comparado con el sacrificio de mis padres, el esfuerzo que yo hacía al desgranar el maíz y congelarlo resultaba casi insignificante.
El deseo de darles a sus hijos lo mejor y lo más rico hacía que ni el dolor de un pie lesionado ni el abrasador sol del verano fueran un obstáculo para ellos. Solo entonces comprendí que aquel maíz, que durante tanto tiempo había recibido como algo natural e incluso había llegado a considerar una molestia, contenía el sacrificio de mi padre y el amor de mi madre. Desde ese momento, cada grano de maíz me pareció valioso y precioso.
Al reflexionar sobre mi larga vida de fe, me pregunto si no habré estado guardando el Día de Reposo cada semana y celebrando la Pascua cada año solo por costumbre, olvidando que en ellos están contenidos el sacrificio del Padre celestial y el amor de la Madre celestial.
Meditando en el corazón de nuestros Padres celestiales, quienes no dudaron en soportar todo sufrimiento para restaurar las fiestas del Nuevo Pacto, deseo valorar cada culto y participar en él con un corazón lleno de gratitud.
Hoy, el maíz me sabe especialmente dulce y delicioso.