Cuando mis hijos eran pequeños, mi suegro fue dado de alta del hospital después de haber estado ingresado por una grave enfermedad. Estaba tan demacrado que hasta yo me quedé sorprendida al verlo. Para ayudarlo a recuperar las fuerzas, mi cuñada consiguió unas anguilas muy valiosas. Siguiendo las indicaciones de mi suegra, puse las anguilas en una olla grande sobre la estufa de gas y las dejé cocer durante varias horas. Como yo había vivido siempre tierra adentro, hasta entonces nunca había comido anguila. No sabía cómo se preparaba ni cómo se comía.
Después de un tiempo, mi suegra me dijo que ya podía sacarlas. Puse un colador en el fregadero y vertí allí el caldo de las anguilas. En ese instante, mi suegra, que tenía dificultades para moverse, se sobresaltó, se levantó de golpe y corrió hacia mí. Con las manos desnudas trató de recoger el caldo caliente de anguila que se iba por el fregadero. Solo entonces pensé: “Algo he hecho mal”. Pero ya era demasiado tarde; como suele decirse, lo hecho, hecho está. En este caso, no era agua derramada, sino caldo de anguila derramado. Habían cocido las anguilas durante horas para obtener aquel caldo blanquecino y nutritivo con el que ayudar a mi suegro a recuperar las fuerzas, pero yo, que no tenía experiencia en las tareas del hogar, había pensado que se comía únicamente la carne y que el caldo se podía tirar.
“¿Qué hago? ¿Qué hago?”.
Sin saber qué hacer, me quedé completamente desconcertada. Había cometido un gran error, así que habría sido comprensible que me reprendieran. Sin embargo, mis suegros no se enfadaron ni me dijeron una sola palabra de reproche. Al contrario, me consolaron al verme tan alterada.
“Está bien, hija. No le digas nada a la tía de los niños”.
El asunto terminó allí mismo, aquel mismo día y en aquel mismo instante. Hasta hoy ha quedado como un secreto que solo conocemos mis suegros, ya fallecidos, y yo. Cuando recuerdo aquel día, solo siento pesar por mi cuñada, que había comprado aquellas costosas anguilas a pesar de las dificultades económicas; por mi suegra, que las había vigilado durante horas mientras se cocían; y por mi suegro, a quien hice preocuparse justo cuando debía concentrarse en recuperar sus fuerzas. Si me pongo en el lugar de mi suegra, seguramente habría tenido motivos de sobra para enfadarse y reprender durante días a una nuera inmadura que había derramado un alimento tan valioso preparado para cuidar a su esposo enfermo. Y si mi cuñada se hubiera enterado, quizá también me habría reprochado lo sucedido.
Han pasado más de veinte años, pero aún me conmueve la consideración de mis suegros, quienes, preocupados por no herir a una nuera que se había casado muy joven y era inexperta en las tareas del hogar, cubrieron mi error sin decir nada y me dijeron que no pasaba nada. Creo que aquel amor se convirtió en una base que me ayuda a ser más comprensiva con los errores de los demás. Antes que pensar en mis propios sentimientos o circunstancias provocados por una situación, procuro pensar primero en cómo se sentirá la otra persona y en su posición. Como yo también he pasado por algo así, pienso: “Es comprensible que pueda suceder”.
Esto me hace pensar en la Madre celestial, que no culpa a sus hijos por sus faltas. La Madre celestial se compadece de sus hijos, que llevan una vida fatigosa a causa del pecado, y aun cuando cometen errores o equivocaciones, los acoge con su amor infinito, como diciéndoles: “Son seres humanos; es comprensible que puedan equivocarse”. Ese amor es la razón por la que podemos sonreír cada día en Sion. Yo también quiero transmitir amor y sonrisas a muchas personas con palabras cálidas que cubran las faltas de los demás.