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Jardín de Gracia

Las huellas del esfuerzo

ago. 202640
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  • Cuando estaba en la escuela primaria, pertenecía al equipo de natación. Mi madre quería que aprendiera piano como mi hermana mayor, pero a mí me gustaba nadar. Mientras las manos de mi hermana volaban con elegancia sobre las teclas del piano, yo luchaba por mantenerme a flote en una piscina donde no podía tocar el fondo con los pies, tragando agua por la nariz. Pero, por más que lo intentaba, mi cuerpo no lograba flotar. Mientras los demás avanzaban moviendo los dos brazos, yo sola me quedaba atrás y seguía practicando las patadas sujetando una tabla de natación. Incluso cuando todos comenzaron el entrenamiento de ida y vuelta en estilo libre, yo seguía practicando las patadas sola, y eso me daba vergüenza. Después de soportar un largo tiempo de lágrimas y continuar esforzándome, finalmente recibí una recompensa: el entrenador me permitió aprender el estilo libre. A partir de entonces fui mejorando poco a poco y, con el tiempo, terminé los entrenamientos de ida y vuelta más rápido que nadie.

    Cuando terminaba el entrenamiento y regresaba a casa, desde la entrada ya podía escuchar el sonido del piano que tocaba mi hermana. Como mejoraba de manera sorprendente cada día, pensaba que para ella era fácil hacerlo. Un día vi su cuaderno de práctica. En él había un racimo de uvas cuyos frutos redondos estaban coloreados uno a uno. Cada vez que practicaba, añadía color a una uva más. Eran los frutos del esfuerzo de mi hermana, un esfuerzo que yo no había podido ver hasta entonces.

    Cuando cerraron la piscina, dejé de nadar, pero mi hermana siguió practicando piano una y otra vez en casa por su cuenta. Se sentaba frente al piano no solo en los momentos felices, sino también cuando estaba enojada o molesta por algo. Era capaz de tocar, en solo unos días, partituras que dejaban atónito a cualquiera.

    Aunque existen personas con dones extraordinarios, aprendí en mi infancia, a través de los entrenamientos de natación y del ejemplo de mi hermana, que nada se alcanza sin esfuerzo. El esfuerzo siempre deja su marca; lo único que cambia es el momento en que esa marca comienza a hacerse visible.

    ¿No será acaso igual en la vida de fe? El amor, la gratitud, la alegría, la mansedumbre, el dominio propio y el perdón… son virtudes que difícilmente alcanzamos de una sola vez y de manera perfecta. Para aprender a amar, necesitamos practicar constantemente mirar con ojos cálidos; y para vivir agradecidos, debemos ejercitarnos en hablar con palabras llenas de amor.

    Deseo ser transformada para parecerme a Dios. Intento practicar distintas virtudes, examinando mi corazón y revisando mi caminar, pero los cambios no siempre se notan tanto. Aun así, siento que algo dentro de mí está cambiando poco a poco. Al acercarme más a la palabra de Dios y buscar a Dios en oración, espero encontrarme con un yo que va creciendo poco a poco. Así deseo convertirme en una hija de amor que se parezca tanto a Dios.
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