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Fragancia de Sion

Un regalo que llegó cuando estaba más débil

ago. 202635
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  • Este año, La Pascua del Nuevo Pacto fue sumamente especial, porque fue la primera Pascua que guardé con mi esposo en treinta y cinco años. Al ver a mi esposo participar por primera vez en la ceremonia de la santa cena después de cumplir más de setenta años, pensé en lo rápido que había pasado el tiempo y los años transcurridos cruzaron por mi mente como una película.

    Fue a principios de la década de 1990 cuando recibí a Dios Elohim. Apenas tuve la alegría de haber encontrado la verdad, me encontré con la firme oposición de mi esposo y al principio no sabía qué hacer. Yo esperaba que él también, como yo, se alegrara por las noticias de la salvación, pero ni siquiera me dejaba mencionar la palabra “iglesia”. Si me escuchaba oyendo casete de sermón, apagaba el reproductor de golpe y no ocultaba su molestia. Ya sabía que no tenía ningún interés en Dios ni en el cielo, pero no me escuchaba hasta el punto de parecerme demasiado. Con el paso del tiempo, llegó a respetar mi fe, pero solo hasta ahí.

    Mientras tanto, recibí muchas bendiciones de Dios al cumplir la misión de predicadora. En la ciudad de Busan, donde antes había solo unas pocas Siones, se establecieron casi treinta, y los hermanos aumentaban cada mes. Estaba agradecida de poder colaborar, aunque fuera débilmente, en la obra del evangelio que Dios realiza, pero por otro lado mi esposo siempre pesaba en mi corazón. Cuando veía a matrimonios jóvenes empezar con gracia su vida de fe, o cuando escuchaba que hermanos que estaban en una situación parecida a la mía habían guiado a sus familiares, me sentía aún más triste y frustrada.

    Al hacerme mayor, mi salud cambiaba de un día para otro, y mi esposo tampoco parecía ser el de cuando era joven. Por eso, desde hace algunos años, oraba con más fervor y animaba a mi esposo a guardar la Pascua. Pero él no cedía. Si su esposa, con quien compartía la misma cama, se lo había dicho durante decenas de años, bien podría haberla escuchado una vez aunque fuera por compromiso. Sin embargo, al ver que una persona podía no cambiar tanto, me sentí tan triste que varias veces le di la espalda diciendo que no volvería a predicarlo.

    Pero ¿cómo podía rendirme? Aunque era poco expresivo, mi esposo era una persona fiel que durante decenas de años condujo más de diez horas al día para sostener a su familia. Yo deseaba una y otra vez que mi esposo, que había trabajado arduamente toda su vida por la familia, ahora compartiera la felicidad que yo disfruto en Dios.

    El cambio empezó de una manera inesperada. Todo comenzó cuando tuve que someterme a una cirugía por una enfermedad crónica, así que al principio no podía imaginar qué bendición me esperaba. A diferencia de mí, que lo aceptaba con calma porque pensaba que era natural enfermarse con el paso de los años, los hermanos de Sion me brindaron consuelo y ánimo más de lo que merecía. Algunos me preparaban comida nutritiva, y otros me traían calcetines por si se me enfriaban los pies después de la cirugía. Cada vez que me veían, me abrazaban o me tomaban de las manos y me animaban diciendo: “Todo saldrá bien; siempre estamos orando por usted”.

    ¿Quién habría imaginado que esas atenciones, que me dieron tanta fuerza para superar la enfermedad, también abrirían el corazón de mi esposo? Él, que ni siquiera suele expresar palabras así, los elogió diciendo: “No es fácil cuidar de alguien de esta manera; es admirable”. Tal vez otros pensarían: “¿Solo por eso?”, pero yo sabía con certeza que mi esposo estaba cambiando.

    Mientras oraba con más fervor por mi esposo, se acercó nuevamente la Pascua. Con la convicción de que esta vez sería diferente, le transmití mi sincero deseo de que guardáramos juntos la Pascua y recibiéramos la bendición. Realmente fue diferente. A diferencia de otras veces, mi esposo escuchó atentamente mis palabras y, finalmente, el día anterior a la Pascua acudió a Sion. La ceremonia del bautismo, que había postergado por más de treinta años, apenas tomó unos minutos. Algo tan sencillo… Sin embargo, mi esposo también habría tenido sus propias convicciones y pensamientos que sostenían su vida. Solo me sentí agradecida con él por haber reconocido mi sinceridad, aunque tarde, y por haber vuelto al regazo de Dios.

    Al día siguiente, no solo mi esposo, sino también mi hija y mi nieto participaron, tres generaciones juntas, en la santa cena de la Pascua. Mi nieto se alegró aún más y preguntó si este año el abuelo también la guardaría con nosotros. Desde entonces, mi esposo cambió tanto que me preguntaba si era la misma persona que yo conocía. Si le comparto palabras de la Biblia, no las rechaza, y cuando le propongo orar juntos, junta las manos aunque se sienta incómodo. Aunque ponga el cántico nuevo en la habitación, lo escucha en silencio.

    Comúnmente se dice: “Las personas no cambian”, pero cuando Dios obra, nada es imposible. Para experimentar una obra tan sorprendente pueden pasar decenas de años, y a veces quizá haya que soportar pruebas inesperadas. Aun así, comprendí profundamente que si uno vive conforme a la palabra de Dios, creyendo que “en todas las cosas está la voluntad de Dios” y pidiendo su ayuda en vez de quejarse o reclamar, llega el día en que los sueños se hacen realidad y los deseos se cumplen. También comprendí que el amor debe ser la base de todo ese proceso y de su resultado.

    Al pensar en el Padre y la Madre celestiales y en la familia de Sion, quienes me cuidaron con amor y dedicación para que no me debilitara, me pregunto si yo también he practicado ese amor. Transmitiré con más fervor el amor que he recibido, con la esperanza de que alguien, al igual que mi esposo, reciba fuerzas del amor de Dios y comience una vida bendecida.
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