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Relatos de Talentos

Si no nos rendimos

ago. 202639
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  • La persona con quien quería compartir algo bueno. Para mí, esa persona era, sin duda, mi mamá. Cuando recibí a Dios Elohim hace más de diez años, la primera persona que vino a mi mente fue mi mamá. Como había vivido tantos años junto a ella y, como hija mayor, la conocía mejor que nadie, pensé que, con solo hablarle, mi mamá vendría naturalmente a la iglesia. Por eso mi tristeza fue aún mayor. Al parecer, había escuchado en algún lugar rumores infundados sobre la Iglesia de Dios, y se opuso a mi fe hasta derramar lágrimas. La actitud firme de mi mamá, que veía por primera vez en mi vida, fue un gran impacto para mí.

    Sin embargo, como ya había comprendido la verdad con certeza, no podía abandonar mi fe. Sabía bien que mi mamá estaba preocupada, así que oraba para que se aclararan sus malentendidos y, al mismo tiempo, siempre escudriñaba la palabra de Dios para que mi fe no se tambaleara. Una y otra vez, después de calmar mis emociones, volvía a predicarle la verdad a mi mamá y era rechazada; volvía a abrirle mi corazón con sinceridad y nuestra relación se distanciaba.

    Cada vez que me encontraba frente a mi mamá, sentía como si estuviera bloqueada por un muro que no se movía en absoluto. Pero ¿cómo podía rendirme? Aunque me herían la indiferencia de mi mamá y sus palabras punzantes, seguí predicándole con constancia la palabra de la verdad. Como la amaba tanto, quería salvarme junto con ella.

    Pero desde el año pasado, la reacción de mi mamá empezó a cambiar poco a poco. Cuando le preguntaba cómo estaba y le hablaba de la iglesia, me escuchaba bien; e incluso respondía positivamente a mi ruego sincero de que recibiéramos juntas las bendiciones del cielo. Y eso no fue todo. Más adelante, ella misma llegó a sacar el tema primero, preguntando qué tendría que hacer si iba a la iglesia. En el momento en que escuché esas palabras, brotó en mí el agradecimiento.

    Finalmente fui a la iglesia con mi mamá. Era un momento que había pensado que tal vez nunca llegaría en toda mi vida. Después de participar solemnemente en la ceremonia del bautismo, mi mamá me dijo:

    “Veo que vives tan feliz y bien; no sé por qué fui tan dura contigo durante todo este tiempo. Perdóname”.

    Al ver a mi mamá decir que, como si se hubiera convertido en otra persona, se sentía en paz y feliz al venir a Sion, sentí que las heridas de mi corazón desaparecían como nieve que se derrite.

    Lo que sentí al guiar a mi mamá al regazo de Dios fue que, si hay amor sincero hacia la otra persona y no se abandona esa alma hasta el último momento, al final la sinceridad llega a su corazón. Esta comprensión se convirtió en una convicción al encontrar otra alma preciosa.

    Hace más de veinte años, conocí a una amiga en una reunión de conocidos. Como éramos de la misma ciudad natal y teníamos muchas cosas en común, pronto nos hicimos cercanas. Ella me cuidaba con mucho cariño como si yo fuera su hermana menor, y yo estaba muy agradecida por eso. Sin embargo, cada una quedó atrapada en su ajetreada vida diaria y poco a poco perdimos el contacto. Aunque de vez en cuando pensaba en ella, no tenía forma de contactarla, así que no tuve más remedio que guardar esa añoranza en mi corazón.

    Con el paso del tiempo, un día del año pasado recibí una llamada de un número desconocido; era ella. Me alegré tanto que enseguida fijé una cita y fui a verla. Mientras conversábamos sobre nuestras vidas, ella dijo algo inesperado. Me contó que algunas personas que ambas conocíamos habían hablado mal de mi fe delante de ella. Y que, cada vez que eso sucedía, ella se ponía de mi parte. Al mismo tiempo que me sentí agradecida con ella, quise darle a conocer correctamente nuestra iglesia.

    Eso tampoco fue fácil. Ella nació en una familia de chamanes, estaba lejos de la iglesia y siempre mostraba solo una imagen fuerte, así que me resultaba difícil empezar a hablar. Aun así, como había vuelto a ponerme en contacto con ella como si fuera el destino, no podía quedarme de brazos cruzados. Mientras buscaba la ayuda de Dios y le predicaba las palabras de la Biblia, me sorprendí mucho. Resultó que desde pequeña había asistido a diversas iglesias buscando a Dios y se había dedicado a la vida de fe con tanta devoción que ella misma pensaba que era casi ciega. Después de haber sido herida por la actitud egoísta y calculadora de un pastor, ya no había vuelto a acercarse a ninguna iglesia. A ella le expliqué una por una las verdades de la Biblia y, aprovechando el momento, la invité a la iglesia.

    Ella vino con gusto a Sion. Al ver el video de presentación de la iglesia, pareció llevarse una buena impresión al conocer la magnitud de las iglesias establecidas en todo el mundo y las sonrisas radiantes de los miembros. También conversó cordialmente con los miembros que la recibieron con calidez, como si ya se conocieran de antes, y recibió incluso la bendición de la nueva vida. Recordó el versículo bíblico que leyó el oficiante durante el bautismo: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”, y mostró una actitud activa al preguntarme qué debía practicar primero.

    Ella dijo que estaba agradecida porque Dios la había guiado a Sion, donde hay verdad y amor, y que quería vivir dentro de la palabra de Dios. Y realmente, ajustó su apretada agenda de trabajo para guardar con aprecio las fiestas solemnes y al estudiar la Biblia mostró un entusiasmo ardiente como el de una estudiante que se prepara para un examen. Dice que, en la fe, todavía es inexperta y le falta mucho, y se esfuerza por parecerse poco a poco a los miembros que van delante. A menudo me comparte las comprensiones que recibe mientras lleva una vida de fe, y para mí esa fragancia de Sion se siente más dulce que un panal de miel. Nunca imaginé que ella y yo llegaríamos a guardar juntas los mandamientos de Dios y a alabar a Dios Elohim.

    Si hubiera mirado solo las circunstancias visibles y hubiera abandonado fácilmente las almas que Dios me confió, no habría obtenido ningún fruto. Al guiar a mis seres queridos, comprendí que para salvar un alma también debemos tener una fe y una paciencia que no se rindan hasta el final. Con un corazón de misericordia que valora y ama sinceramente a cada alma, predicaré la noticia de la salvación a muchas más personas. Con el corazón del Padre y la Madre, que nos aman hasta el fin.
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