Hacia una vida en la que la felicidad perdure para siempre
jul. 2026233
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Ikeda Jo / Japón
En enero de hace dos años, fue una tarde entre semana en la que me sentía especialmente bien. Como era mi día libre, salí a comprar suplementos, y justo entonces sonaba en mis audífonos una música que me gustaba. Un señor que conocí en ese momento me habló de la Pascua y me preguntó si tenía interés en la Biblia. Le respondí que, como sentía suficiente satisfacción en mi vida, no necesitaba religión. Él volvió a preguntarme:
“¿Qué le parecería si, después de la vida en esta tierra, pudiera continuar en un estado de alegría?”
En aquel entonces, para vivir feliz, me esforzaba por mantener la salud y estaba dedicado al trabajo. Pero ¿una vida en la que la felicidad continúa? Pensé que eso sería precisamente la mejor vida y me interesó saber de qué se trataba. Escuché una explicación más detallada, seguí haciendo preguntas hasta comprender y acordamos vernos de nuevo para conocer las palabras de la Biblia.
Cuando nos vimos por segunda vez, él me explicó la historia mundial profetizada en Daniel. Yo me enorgullecía de conocer bastante la historia, pero me frustró no poder entender bien el contenido. Pensé que debía estudiarlo una vez más y volví a hacer una cita. El día que nos encontramos por tercera vez, visité por primera vez la Iglesia de Dios. Al ver la sinceridad y la cortesía de los miembros que me recibieron, y al saber que esta Iglesia había recibido muchos premios por practicar actividades de servicio voluntario en diversos campos, llegué a la conclusión de que estaría bien formar parte de ella. Ese día recibí la bendición de la nueva vida.
Como no sabía absolutamente nada de la fe cristiana, no pude comprender a Dios de una sola vez. Sin embargo, después de aprender la parábola de la higuera, sentí que Dios, quien cumple las profecías trascendiendo el tiempo y el espacio, está vivo y no hay falsedad en Él. Desde entonces, pensé que debía continuar estudiando la Biblia con la esperanza en el reino de los cielos que ese Dios había prometido.
También recibí una gran impresión cuando confirmé en la Biblia la existencia de la Madre espiritual, quien ya existía desde la creación. Me sorprendieron las palabras de la Biblia, conectadas de una manera tan minuciosa que no dejaban lugar a dudas, y recuerdo que regresé a casa con pasos ligeros como si volara, por la gran alegría de haber conocido a la Madre de mi alma. Otro día, durante el culto, escuché un sermón que explicaba que, en esta época en la que aparece la Esposa en el banquete de bodas celestial, el centro de nuestra fe también debe dirigirse a Dios Madre, la Esposa del Cordero. Desde entonces, al volver mi atención hacia la Madre celestial y orientar de nuevo la dirección de mi fe, finalmente pude sentir que Dios Elohim vive dentro de mí.
Por otra parte, me era difícil entender por qué Dios todopoderoso vino en forma humana y eligió el camino difícil de predicar el evangelio en medio del sufrimiento. Solo después comprendí que la razón por la que el Padre se sacrificó en la cruz y la Madre sigue soportando sufrimientos hasta ahora se debe enteramente a nuestros pecados. Entonces entendí por qué se nos llamó pecadores y por qué se nos dijo que nos arrepintiéramos. Yo, que había cometido pecados imposibles de lavar, encontré al Padre y a la Madre, recibí el perdón de los pecados y obtuve la verdadera libertad. ¿Qué podría ser más feliz que eso?
Cuando la fe verdadera empezaba a brotar en mí, recordé a un amigo. Lo conocí en la escuela secundaria y con él preparé los exámenes de admisión a la preparatoria y a la universidad. Como siempre he recomendado a quienes me rodean las cosas buenas, le recomendé con alegría el valor de la felicidad eterna contenida en el Nuevo Pacto al amigo que había sido mi apoyo y me había dado mucha influencia positiva. Después de examinar seriamente las palabras de la Biblia, él captó el punto esencial con algunas preguntas y recibió de buena gana al Espíritu y a la Esposa como los salvadores.
Al ver que mi amigo renacía como hermano de la familia celestial, y al pensar que todo esto había sido predestinado desde la creación, pude sentir cuánto nos ama Dios a nosotros, sus hijos. Nacimos en lugares cercanos, asistimos a la misma escuela secundaria, nos apoyamos mutuamente durante la preparación para los exámenes de admisión, y aun después de independizarnos cada uno por su cuenta, nuestra relación se hizo más firme hasta avanzar juntos hacia el reino de los cielos. En cada momento, Dios Elohim estuvo con nosotros. Oro para que nos conceda la bendición de llegar al arrepentimiento completo y permanecer por siempre en el amor del Padre y de la Madre.
A mí, que en esta tierra buscaba una vida libre y alegre, Dios Elohim me enseñó la verdadera felicidad. Antes pensaba que una vida feliz consistía en tener comidas saludables, dormir lo suficiente y hacer ejercicio moderado. Ahora, para mí, la verdadera felicidad es escuchar la verdad, practicarla y recibir diversas bendiciones en Sion. El hábito de mantener siempre cerca la palabra me ha ayudado mucho a tener una fe que no vacila ante las pruebas. Cuanto más practico las enseñanzas que Dios da, más profunda comprensión recibo. Por eso, aunque tenga que atravesar dificultades para obedecer la palabra, puedo soportarlas con alegría.
También procuro guiar a los miembros nuevos y a mis conocidos para que escuchen la palabra siempre que tengan tiempo. Para ello, primero debo estar plenamente preparado. Por eso, mediante el programa educativo para todos los miembros que Dios nos ha permitido, me esfuerzo constantemente por afilar y pulir la espada de la palabra. Mis días son diferentes de aquellos en los que me esforzaba por cuidarme a mí mismo. Sin embargo, conocer a Dios y seguir su camino es la única respuesta correcta, por lo que no detendré estos pasos.
El Padre mismo estableció la verdad sobre la roca durante 37 años, y la Madre está con nosotros, enseñándonos esa verdad de día y de noche. Es un honor participar en la obra del evangelio de la época del Espíritu Santo, que incluso los ángeles envidian. Anhelo el día en que, al anunciar pronto esta buena nueva a quienes todavía vagan en busca de la felicidad, completemos el evangelio del reino de los cielos y todos disfrutemos juntos de la felicidad eterna por los siglos de los siglos.