Con los ojos espirituales abiertos, de las tinieblas a la luz
jun. 20266612
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Dhan Dangaura / Dangadhi, Nepal
Viví toda mi vida en la oscuridad espiritual. Hace dos años, Dios iluminó mis ojos con la luz de la verdad y me sacó de las tinieblas.
Durante diecisiete años serví como pastor asistente en una iglesia protestante y recibí formación bíblica en diversos lugares. Hasta entonces, había aprendido que el único Salvador era Jesús. Tal como había oído y aprendido, yo también enseñaba a los creyentes que cualquiera que hablara de otro salvador fuera de Jesús era un mentiroso.
Un día conocí a un miembro de la Iglesia de Dios que había venido a mi vecindario para predicar la palabra de la Biblia. Cuando me preguntó: “¿Cree usted en Dios? Si cree en Dios, ¿no debería guardar sus mandamientos?”, respondí con seguridad que sí. Y expliqué con convicción que los mandamientos de Dios eran enseñanzas como “no robar”, “no matar”, “ser humilde” y “hablar con buenas palabras”. Pero la respuesta que recibí estaba fuera de mi sentido común, algo que ni siquiera había pensado. Me dijo que los mandamientos de Dios no se limitaban solo a esas enseñanzas morales. Sorprendido, escuché cómo me hablaba de la Pascua del Nuevo Pacto establecida por el mismo Jesucristo.
Dicen que una persona que ha permanecido mucho tiempo sin ver la luz puede incluso perder la vista si es expuesta de repente a una gran claridad. Aunque había leído la Biblia innumerables veces, nunca había comprendido la Pascua; por eso, al oírla por primera vez, también surgieron dudas en mí. Recordé las palabras de Jesús sobre los falsos profetas que aparecerían en los últimos tiempos para engañar incluso a los escogidos, y desconfié pensando que quizá aquel hombre fuera uno de ellos. Sin embargo, tampoco podía ignorar las palabras de la Biblia. Empecé a sentir curiosidad por lo que enseñaba la Iglesia de Dios y decidí escuchar sus palabras con más atención y detenimiento.
Durante dos meses estudié la Biblia junto a un pastor de la Iglesia de Dios y comprendí que esta iglesia enseñaba únicamente lo que aparece en la Biblia. El marco de fe que había permanecido firmemente arraigado en mí, y que creía imposible de derribar, se derrumbó por completo. Me impactó comprender que, tal como en la parábola del trigo y la cizaña, el enemigo sembró cizaña entre el trigo y esta llegó a extenderse por el campo, así también en esta época abundan en el mundo quienes practican la iniquidad, y yo era uno de ellos. Yo pensaba que era un profeta llamado a enseñar la palabra de Dios y guiar a los creyentes, pero en realidad era alguien ignorante que apenas conocía las profecías bíblicas. En especial, las palabras de Apocalipsis 22:18-19, donde se advierte no añadir ni quitar nada a la palabra de Dios, conmovieron profundamente mi corazón. Lejos de obedecer la palabra de Dios, yo la añadía y la quitaba a mi conveniencia. Poniendo por delante el nombre de Jesús, fijaba a mi manera incluso los horarios de culto y practicaba mandamientos creados por hombres, convencido orgullosamente de que servía fervientemente a Dios. Cuando comprendí todos los errores que había cometido hasta entonces, no pude ni siquiera levantar la cabeza por la culpa.
Con humildad, comencé a escuchar cuidadosamente la palabra de la Biblia desde lo más básico. Comprendí claramente que la Iglesia de Dios, que guarda el Día de Reposo del Nuevo Pacto, la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos conforme a las enseñanzas de Jesús de hace dos mil años, era sin duda la iglesia de la verdad. Al comprender que la época había cambiado a la del Espíritu Santo y al ir confirmando una por una las profecías acerca del Salvador de esta época y su cumplimiento, llegué a tener la certeza de que el Espíritu y la Esposa que dan el agua de la vida son Dios manifestado en carne. Comprendí también que solo a través del Padre celestial se puede reconocer a la Madre celestial, y entonces pude aceptar de corazón que la Madre Jerusalén que está en Corea es Dios. Finalmente, tomé la decisión de dejar la iglesia a la que asistía y dirigirme a Sion.
Antes de ir a Sion, pensé que también debía dar a conocer la verdad a los miembros de mi antigua iglesia. Compartí ante ellos la palabra acerca del Salvador de esta época, pero nadie pudo aceptarla y protestaron ante el pastor principal. Él me llamó y me reprendió preguntándome por qué había escuchado las palabras de otras personas. Entonces le pregunté: “En esta iglesia se bautiza en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pero ¿sabe usted cuál es el nombre del Espíritu Santo?”. Él no pudo responder. Le recomendé escuchar las enseñanzas de la Biblia, pero se negó, e incluso dijo que expulsaría a cualquiera que viniera a predicarlas. Al ver que, aunque afirmaban creer en Dios, ni siquiera tenían intención de escuchar la palabra de Dios, comprendí una vez más que estaban enseñando doctrinas equivocadas, y mi decisión de ir a Sion se hizo todavía más firme.
También hablé de mi decisión con mi familia. En realidad, al principio ellos no veían con buenos ojos que yo estudiara las enseñanzas de la Iglesia de Dios. Sobre todo, mi esposa se oponía firmemente. Le molestaba incluso que miembros de la Iglesia de Dios vinieran a nuestra casa, y hasta me decía que apagara el teléfono. Aunque aún no conocía la verdad, una de las razones de su oposición era que, si yo cambiaba de fe, perderíamos muchos beneficios que recibíamos mientras trabajaba como pastor asistente. Por la gracia de Dios, el corazón de mi esposa también fue suavizándose poco a poco. Cuando le dije que quería recibir el bautismo en la Iglesia de Dios, ella respondió: “No vayas solo; nosotros también investigaremos. Y si comprobamos que es la verdad, también iremos”. Mi esposa, mis hijos y mi yerno estudiaron la Biblia en Sion, y Dios abrió también sus ojos espirituales, de modo que pronto aceptaron humildemente la verdad. Los seis miembros de nuestra familia recibimos en un mismo día la bendición de la nueva vida.
Mientras estudiaba las enseñanzas sobre el Salvador de esta época, comprendí que el Padre había vuelto a esta tierra en carne y recorrido durante treinta y siete años el camino del sufrimiento para salvarme, y que la Madre aún hoy sigue sacrificándose por mí. Al llegar a comprender, aunque fuera un poco, cuán grande fue el sacrificio que hicieron por un pecador como yo y cuán profundo es el amor del Padre y de la Madre, no pude contener la tristeza. Aunque soy un hijo insuficiente, incapaz de corresponder plenamente a ese amor, pedí sinceramente perdón al Padre y a la Madre.
Arrepintiéndome de los años en que conduje a tantas personas por un camino equivocado, empecé a predicar a mi familia y a los habitantes de mi pueblo la verdad que contiene la promesa de salvación. Cuanto más compartía la palabra con sinceridad y dedicación, una persona tras otra encontraba el camino, y Dios permitió que en apenas dos meses se estableciera un lugar de culto en el pueblo donde vivo. Actualmente, alrededor de cuarenta miembros de Sion se reúnen allí. Los habitantes del pueblo se sorprendían diciendo que, mientras la iglesia a la que yo asistía antes perdía cada vez más miembros, la Iglesia de Dios crecía tan rápidamente que parecía un milagro. Creo que todo esto es la obra del Espíritu Santo conforme a las profecías de Dios.
Yo era alguien espiritualmente ciego; tenía ojos, pero no podía ver. Aunque estudiaba constantemente la Biblia, no conocía ni una sola verdad. Gracias a que el Padre y la Madre abrieron completamente mis ojos espirituales, pude reconocer al Salvador de esta época: el Espíritu y la Esposa. Doy gracias eternamente a Dios Elohim por permitirme comprender el misterio de la salvación que no había podido conocer durante décadas de vida religiosa y por concederme también la oportunidad de predicar el evangelio.
Ruego recibir bendición para que mi familia y yo permanezcamos firmes en la fe y podamos entrar juntos al reino de los cielos. Así como Dios abrió mis ojos espirituales, oro también para que ilumine los ojos de quienes aún viven en la oscuridad sin poder discernir entre la verdad y la mentira. Ahora seré un verdadero profeta de Sion, anunciando a mi familia, a mis parientes y a los habitantes de mi pueblo la verdad del Nuevo Pacto y al Salvador de esta época. Estoy verdaderamente feliz y agradecido porque el Dios Elohim, que me condujo al camino de salvación, siempre me sostiene y me ayuda.