La gratitud que hoy se profundiza más que ayer, y mañana más que hoy
may. 202691
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Yoo Jeong-ha / Corea
Hace dos años, mientras atendía con mi esposo una tienda de conveniencia abierta las 24 horas, me operé de la rodilla. Como cada día venían cientos de clientes, me resultaba demasiado agotador trabajar cojeando. Fue una etapa tan dolorosa que llegué a sentir que era el momento más difícil de mi vida, y eso hizo que quisiera volver a buscar a Dios.
Hace más de veinte años, empecé por casualidad mi vida de fe en una denominación protestante. Pero entre el trabajo y la crianza de mis dos hijos pequeños, dejé de asistir poco tiempo después. Me parecía hasta descarado buscar a Dios recién ahora; aun así, pensaba que, si algún día volvía a ir a una iglesia, naturalmente regresaría a aquella.
Sin embargo, cuando traté de volver a encontrar aquella antigua denominación, me llevé una gran sorpresa. No dejaban de salir noticias sobre toda clase de corrupciones. Sentí una decepción enorme; al mismo tiempo que suspiraba aliviada pensando que por poco me ocurría algo grave, también me sentí perdida.
“¿Dónde debo buscar a Dios? ¿Y qué será de mí si Dios no existe?”
Después de eso, cada vez que me encontraba con personas religiosas, les preguntaba en quién creían y qué guardaban; les preguntaba de todo. Pero nada lograba atraer mi corazón. Sin embargo, la Iglesia de Dios era diferente. En el momento en que escuché acerca de la Pascua, pensé que debía conocerla más a fondo. Mientras seguía reuniéndome con los miembros de la Iglesia de Dios y examinaba las palabras de la Biblia, los mandamientos de Dios y sus bendiciones, que se extienden de manera coherente desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, se clavaron profundamente en mi corazón. Tuve la certeza de que en la Iglesia de Dios estaba la verdad que yo había estado buscando, y que allí se encontraba el verdadero Dios que anhelaba hallar.
De pronto recordé que mi cuñada me había dicho que asistía a la Iglesia de Dios. La llamé por teléfono, y ella se alegró como si se tratara de su propio asunto; vino de inmediato desde Suwon hasta Daejeon. En medio de sus felicitaciones, recibí la bendición de la vida nueva y di mis primeros pasos como miembro de la Iglesia de Dios.
El día en que asistí a mi primer culto, recorrí el templo. No podía creer que, entre los ocho mil millones de personas del mundo, yo hubiera llegado a formar parte del grupo que alaba a Dios Elohim en Sion. La resolución que había hecho de vivir el resto de mi vida obedeciendo la palabra si llegaba a encontrar al verdadero Dios, se volvió aún más clara en Sion. Tanto en el cielo como en esta tierra, yo había cometido muchos pecados; y como Dios me había guiado al camino de la verdad, no había razón para no hacerlo.
Lo primero que hice fue tratar de seguir todo lo que hacían los miembros en Sion. Guardaba fielmente los mandamientos, como el Día de Reposo y el Culto del Tercer Día, y también participaba en el servicio de limpieza de Sion. Cada vez que aprendía cómo recibir bendiciones de Dios y lo practicaba de inmediato, me alegraba y me llenaba de gratitud sentir de verdad que me había convertido en hija de Dios.
Sobre todo, amaba la palabra de Dios. Las palabras de la Biblia, que a veces me conmovían y otras veces me consolaban, eran como un panal de miel. Por eso no podía hacer otra cosa que insistir a la hermana que me enseñaba la palabra para que me la enseñara más rápidamente. Ante mis preguntas inagotables, los estudios continuaban una o dos horas todos los días; y fuera de ese tiempo, yo escuchaba una y otra vez los sermones por mi cuenta. Cuando surgía alguna duda, la anotaba; y después, al escuchar otro sermón, encontraba la respuesta a mi pregunta. Sentía que Dios seguía iluminándome para que pudiera tener convicción en la verdad.
Cuando llegué a saber, conforme a la profecía de la Biblia, que Dios Padre había venido a la tierra del extremo del oriente, Corea, me quedé realmente asombrada. El lugar donde nació mi Padre celestial estaba justo en el pueblo de al lado de la casa de mis abuelos maternos. Yo solo pensaba que Cristo había venido a un país lejano, al otro lado del mundo; por eso, al saber que había venido de nuevo tan cerca de mí, mi corazón se llenó de emoción, como si estuviera soñando.
En cambio, necesité tiempo para llegar a tener fe en Dios Madre. Aunque con la mente lo entendía, no lograba expresar con mis labios que amaba a la Madre celestial. Le rogué con fervor que me permitiera comprender a la Madre celestial y su amor. La respuesta a esa oración llegó pronto. Por medio de los sermones y de los videos que trataban el sacrificio de la Madre, mi alma fue despertando poco a poco. Más adelante, mi corazón ardía tanto que sentía que quería ir a verla de inmediato.
No podía quedarme solo para mí con esta noticia tan gozosa. Lo primero que hice fue predicar la palabra a mi madre y a mi hermana mayor. Al transmitirles con sinceridad mi deseo de que también ellas disfrutaran de la paz en el regazo de Dios, mi madre y mi hermana vinieron a la verdad. Me hizo feliz poder darles el regalo más valioso a mi madre y a mi hermana, que habían vivido toda su vida entre sufrimientos. Y no me detuve allí. Para que toda mi familia pudiera recibir la bendición de la salvación, escribí uno por uno sus nombres en un cuaderno y, junto con mi cuñada, oraba por ellos todos los días.
La salvación de mi esposo y de mis dos hijos era, por encima de todo, lo que más anhelaba. Pero cuando les hablaba de la verdad, solo me escuchaban por consideración hacia mí, sin mostrar gran interés. Mi segundo hijo incluso parecía preocupado al verme tan dedicada de pronto a la vida de fe. Entonces comprendí algo: si quería que ellos reconocieran el valor de la verdad que yo les anunciaba, primero yo tenía que cambiar y mostrar una vida digna de ella.
Desde entonces, empecé a practicar en mi hogar las “Palabras de Amor de la Madre” que había aprendido en Sion. Antes, por mi carácter apresurado, solía irritarme con mi esposo y con mis hijos, que eran más tranquilos que yo. Pero me repetía a mí misma: “La Madre dijo que no debía hacerlo”, y procuraba hablarles solamente con palabras llenas de amor y consideración. Cuando mi esposo regresaba del trabajo, lo consolaba y le decía que había trabajado mucho; y me cuidaba de no decir ni hacer nada que pudiera herir sus sentimientos. Al recordar las enseñanzas de la Madre y el amor que había recibido de los miembros en Sion, no me resultó tan difícil. Mi esposo también debió notar mi cambio, porque poco a poco comenzó a hablarme con más suavidad.
Justamente en ese tiempo, en una Sion cercana se realizó un “Seminario sobre las Palabras de Amor de la Madre”. Pasamos un tiempo muy valioso allí, junto con mi esposo y mi segundo hijo. Con el corazón completamente abierto, ese día mi esposo y mi hijo nacieron de nuevo como hijos de Dios. No puedo expresar con palabras cuán feliz fui al ver el cambio de mi esposo, que siempre se limitaba a escuchar la palabra sin responder nada. Después de recibir el bautismo, mi hijo me preguntó: “¿Entonces ahora voy a ir al cielo?”. Hasta entonces, como madre y como esposa, sentía que había sido insuficiente en muchas cosas y me pesaba el corazón frente a mi familia; pero agradecí porque sentí que Dios había pagado esa deuda interior con las bendiciones del cielo. Como Dios derrama bendiciones tan abundantes de esta manera, no puedo dejar de orar por mi familia.
Hace poco, mientras conversaba con una hermana mayor en la fe que recibió la verdad hace cuarenta años, supe que cada madrugada ora mencionando uno por uno los nombres de los miembros de Sion. Cuando pienso en el esfuerzo de mi cuñada y de muchos hermanos que han guardado la fe durante décadas y han trabajado por el evangelio, mi corazón se conmueve profundamente. Yo, que vagué por el mundo y llegué tarde a Sion, siento que debo esforzarme dos o tres veces más que ellos en la obra del evangelio.
Si no hubiera conocido a Dios, habría vivido angustiada, preocupada por el futuro de nuestra familia. Pero ahora que permanezco en el regazo de Dios, cada día se acumulan más motivos de gratitud. Ya llevo más de cuatro cuadernos de diario de gratitud, que escribo cada noche antes de dormir. Ahora ya no deseo nada más, aparte de estar junto con mi familia en el glorioso reino de los cielos. A veces me queda la pena de pensar que habría sido mejor entrar en Sion cuando era joven y hacer más por la obra de Dios; pero también doy gracias porque, conforme a la providencia de la redención, regresé a los Padres celestiales en el tiempo señalado.
Una de las oraciones que nunca dejo de hacer en estos días es que no se apague la emoción ni la gratitud que sentí cuando recibí la verdad, ni el fervor ardiente por predicarla. Me da temor que mi corazón se enfríe, o que llegue a perder la gratitud por las bendiciones que he recibido. Quiero servir hasta el final con un corazón ferviente, compartir gracia con palabras de amor, recorrer los caminos buscando a nuestros hermanos y hermanas, y vivir devolviendo algo al Padre y a la Madre. Hasta que llegue el día en que todos disfruten la emoción de la verdad y el gozo de la salvación, seguiré predicando el evangelio con diligencia.