La noticia de la vida eterna en el corazón de Filipinas
mar. 20266412
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Kwon Se-bin / Corea del Sur
Ubicada en el centro del archipiélago filipino y conocida como “el corazón de Filipinas”, Marinduque fue el destino de nuestra misión a corto plazo en febrero del año pasado, con el propósito de anunciar allí la noticia de la vida eterna y encontrar al menor de la familia celestial.
Al llegar al lugar, lo que más nos impresionó fue la actitud de los hermanos frente al evangelio. En Sion de Marinduque hay muchos estudiantes de la Universidad Estatal de Marinduque, que se encuentra cerca. Aun dedicándose a sus estudios, en cuanto tenían un poco de tiempo venían a Sion para ver en qué podían ayudar y participaban activamente en cualquier labor. Al ver que los hermanos de mi edad se convertían en el pilar de Sion y recibían bendición, nosotros, los miembros del equipo misionero, nos sentimos aún más encendidos en el corazón y, desde la mañana hasta la noche, no dejamos de dar pasos en busca de la familia celestial.
Esperábamos que, con solo salir a predicar la palabra, muchas personas recibieran a Dios; sin embargo, no alcanzamos el objetivo que nos habíamos propuesto. Aunque el cuerpo se iba cansando, algunos miembros aún no llevaban fruto, y poco a poco comenzó a surgir la ansiedad. Por aquel entonces, durante el sermón del culto de la mañana del día de reposo, volvimos a comprender que la obra de Dios no avanza por la capacidad ni la fuerza humanas, sino por la gracia de Dios.
Sentí que el corazón se me encogía al pensar que habíamos olvidado lo más importante. Aquella noche, habiendo recibido todos la misma enseñanza, nos arrepentimos con lágrimas y reafirmamos nuestra determinación: no predicar para nuestra propia alegría, sino por el Padre y la Madre celestiales que esperan a sus hijos, y por las almas que vagan sin conocer el camino de la salvación.
Al día siguiente, los hermanos de la región de Lucena cruzaron el mar para unirse a nosotros en la predicación. Aunque el viaje de ida y vuelta superaba las diez horas y seguramente estarían cansados, ellos anunciaron el evangelio con rostros radiantes, sonrisas cálidas y voces llenas de vigor. Nos conmovió profundamente verlos, y al unirnos de todo corazón en la labor de salvar aunque fuera una sola alma, sentimos en lo más profundo que éramos verdaderamente una familia celestial. Tal como se nos dijo: “Cuando se unan todo sale bien”, mediante la predicación en unidad todos los miembros del equipo pudimos ofrecer a Dios el fruto del espíritu santo.
Una hermana que aquel día nació de nuevo como hija de Dios, desde entonces, venía todos los días a Sion para estudiar la Biblia y asistir a todos los cultos. Cuando estudiaba acerca de Dios Padre, se entristecía al pensar en los sufrimientos que Él padeció en esta tierra; y cuando estudiaba acerca de los mandamientos, daba gracias porque, entre tantas personas, Dios la había escogido a ella para que comprendiera la verdad. Cuando salíamos de Sion, nos animaba en coreano diciendo: “¡Ánimo, el Padre y la Madre están con ustedes! ¡El Padre y la Madre los aman!”. El día que regresamos a Corea, nos abrazó firmemente diciendo que nunca abandonaría Sion. Nos rebosaba la gratitud al haber encontrado, en unidad con los hermanos, a un alma que anhela tanto a Dios.
Las bendiciones que Dios permitió no se detuvieron allí. Dos amigos que recibieron el bautismo juntos, apenas adquirieron convicción en la verdad comenzaron a estudiarla con entusiasmo, pues deseaban transmitirla también a otros amigos. Otro hermano, después de recibir el bautismo, guio de inmediato a su familia, y esta, a su vez, guio a otros amigos, recibiendo así bendiciones consecutivas.
Lo que más agradecimos fue que aumentó el número de hermanos que acudían a Sion. En el primer culto al que asistimos al llegar no había ni diez hermanos, pero en el último superaban los treinta. También se duplicó el número de miembros que participaban en las reuniones habituales. No solo encontrar nuevos hermanos y hermanas, sino también contribuir al crecimiento de la iglesia local, fue otra gran alegría.
Los recuerdos acumulados durante tres semanas en Marinduque aún permanecen en mi corazón y se han convertido en alimento que me da fuerzas constantemente. Durante ese tiempo, nos angustiamos juntos por las almas que aún no comprendían la verdad y nos regocijamos con la familia celestial que recibió la bendición de la nueva vida. Al ver a los hermanos locales anunciar la verdad con valentía, veía reflejada la imagen del Padre; y al ver cómo se cuidaban unos a otros con amor, sentía la presencia de la Madre.
En una ocasión, mientras predicábamos la palabra, una persona que escuchaba la verdad acerca de Dios Madre derramó lágrimas. Decía que no sabía bien la razón, pero que al oír las palabras “Madre celestial” se le escapaban las lágrimas.
Al verlo, pensé que aún hay muchas almas que anhelan a Dios y sentí la necesidad de cumplir fielmente la misión de predicar el evangelio, para que nadie se quede sin escuchar la verdad. Recuerdo haber dado pasos con mayor fervor, agradecida por la gracia de haber sido utilizada como instrumento para anunciar esta verdad preciosa y perfecta.
Así como la sangre es indispensable para mantener la vida, para obtener la vida espiritual es indispensable el Nuevo Pacto establecido por la sangre de Dios. Anhelo que la verdad del Nuevo Pacto, que contiene la promesa conmovedora de abrir un mundo donde no habrá más lágrimas ni dolor, fluya por toda Marinduque y hasta las pequeñas islas de Filipinas, y que en cada lugar florezca la obra de la vida. Yo también me esforzaré por cumplir mi misión como mensajera de la verdad que proclama el evangelio del reino a todo el mundo, contemplando la gloriosa honra que está preparada al final.