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Fragancias de Brotes Verdes

La felicidad especial que llegó a nuestra familia

mar. 202625
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  • Soy una creyente recién llegada; aún no ha pasado un año desde que recibí a Dios Elohim. Aunque el tiempo de mi fe hacia Dios ha sido corto, bastaron solo unos meses para que la felicidad que Dios permitió a nuestra familia echara raíces en nuestro hogar.

    En junio del año pasado, cuando el calor era especialmente sofocante, salí con mi hija y me encontré con miembros de la Iglesia de Dios. Ellos me hablaron de la Pascua, en la cual Dios prometió bendición. Aunque de niña había ido algunas veces a la iglesia siguiendo a mi madre, nunca había tenido experiencia ni interés en la fe, por lo que todo aquello me resultaba muy desconocido. En ese tiempo, agotada por la crianza y habiendo perdido mucho ánimo para la vida, tenía vagamente el deseo de asistir a una iglesia, así que decidí escuchar la explicación. Sinceramente, no podía juzgar con certeza si esta iglesia era realmente un lugar donde pudiera encontrarme con Dios, pero al comentarlo con mi esposo, él me aconsejó que fuera personalmente y lo comprobara.

    Días después, fui con ellos a la Iglesia de Dios, y el ambiente fue tan cálido y luminoso que mis preocupaciones quedaron disipadas. Al ver a los miembros de todo el mundo manifestando la misma felicidad en el video de presentación, sentí curiosidad por esta iglesia. Examiné más la Biblia y ese mismo día, junto con mi hija, recibí la bendición de la nueva vida. Pensé: “¿Yo también podré ser salva ahora?”, y mi corazón se llenó de alegría.

    Con la idea de ir conociendo poco a poco, comencé mi vida de fe en la Iglesia de Dios. Como no sabía en absoluto cómo debía creer correctamente en Dios, decidí practicar primero lo que aprendía en la Biblia. Al escuchar que recibiríamos bendición si guardábamos el día de reposo, asistí de inmediato al culto del día de reposo.

    Continué también estudiando la Biblia. Me asombraba ver cómo las profecías de la Biblia se cumplían sin desviación alguna. Asimismo, asentía al estudiar acerca del Padre y la Madre celestiales que aparecieron conforme a la profecía. El momento decisivo en que estuve segura de la existencia de Dios fue el programa educativo para miembros nuevos que comenzó unos tres meses después. Mientras aprendía la palabra paso a paso, aquello que había comprendido con la mente empezó a tocar mi corazón, y llegué a creer que Cristo en su segunda venida, el señor Ahnsahnghong, y la Madre celestial son verdaderamente Dios.

    A medida que mi entendimiento crecía, algo ardiente comenzó a brotar en mi interior. Deseaba tener una fe grande como los hermanos que me enseñaron la palabra, y también quería desafiarme a presentar la verdad. Al practicar el sermón y explicarlo con mis propias palabras, entendía más profundamente, y mi fe hacia el Padre y la Madre se fortalecía aún más.

    En medio del inmerecido amor del Padre y la Madre celestiales y de los hermanos, disfrutando la verdadera felicidad en Sion, hice una pequeña resolución: cambiar y volverme mansa como ellos. Junto con las trece lecciones de la Madre, tomé como guía la palabra: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo”, y procuré practicarla comenzando en mi hogar. Cuando surgían pequeños conflictos entre mi esposo y yo, en lugar de insistir según mi carácter como antes, procuraba dar un paso atrás, calmar mi corazón y soportar con paciencia. Dejé el hábito de hablar impulsivamente y me esforcé por decir palabras positivas. Aun así, cuando mi enojo no se apaciguaba o me resultaba difícil practicar las enseñanzas, escuchaba sermones. Entonces mi corazón se tranquilizaba y recibía fuerzas para obedecer la palabra de Dios. Mi rostro se volvió más luminoso y cambió también mi actitud hacia mi esposo; el ambiente del hogar se volvió más luminoso y notaba que él también estaba contento.

    Dios derramó abundantes bendiciones sobre aquellos pequeños actos que comenzaron con la decisión de actuar conforme a lo aprendido en Sion. Lo que más sentí fue el cambio en mi hija de tres años. Antes, se angustiaba al separarse de mí y siempre estaba aferrada a mí. Ni siquiera iba fácilmente con su padre. Al principio de asistir a la iglesia, se colgaba de mí de tal manera que casi no tocaba el suelo, y debía estudiar la Biblia cargándola en brazos. Sin embargo, después de dos o tres meses en Sion, encontró estabilidad. Seguía con agrado a los hermanos y jugaba separada de mí; durante el culto se sentaba tranquilamente a mi lado. Le gustan más los cánticos nuevos que las canciones infantiles, así que los escuchamos todos los días; aunque no comprende su significado, memoriza y canta los cánticos solo de oírlos.

    El cambio en mi hija trajo una cadena de acontecimientos bendecidos. Mi suegra, sorprendida al ver cuánto había cambiado su nieta, que antes era tan sensible, dijo que quería ir a la iglesia a la que yo asistía. Vino a Sion el día de reposo y recibió con gusto la promesa de la salvación; cada semana guarda el mandamiento con alegría y comparte la gracia con los hermanos. Incluso aconsejó a su hijo, mi esposo, que asistiera, diciéndole que era una buena iglesia.

    Después de que mi suegra se acercó al seno de Dios, creció en mí el deseo de que mi esposo también viniera a Sion y recibiera bendición. Aunque le decía con discreción que nuestra iglesia guarda el culto de manera solemne y conforme a la Biblia, y le invitaba a venir una vez, él siempre se negaba. Aun así, cuando practicaba el sermón a su lado, él escuchaba en silencio y mostraba interés por los Libros de la Verdad.

    ¿Habrá llegado la gracia de Dios a mi esposo como la llovizna que empapa la ropa sin que uno lo note? Durante varios meses lo invité a la iglesia mientras oraba fervientemente a Dios; finalmente, su corazón se abrió y decidió ir a la iglesia el último día de diciembre. El día anterior, en el culto del tercer día, vino a Sion casi sin poder negarse porque nuestra hija insistía en que fuéramos juntos. Allí aceptó la verdad y nació de nuevo como hijo de Dios. También celebró el culto con nuestra hija, quien estaba muy feliz de venir a la iglesia con su papá. Ver a mi esposo, con tono serio, decir: “No se debe hablar durante el culto”, y a mi hija responder: “Papá, ora”, me hizo sonreír por dentro y agradecer profundamente a Dios por haber llamado a nuestra familia a su seno.

    Mi esposo dijo que le gustó que el culto se celebrara solemnemente, centrado en la palabra de la Biblia. Anhelo que en adelante llegue a comprender plenamente a Dios. Para ello, pensé que yo debía seguir obedeciendo fielmente las enseñanzas del Padre y la Madre en el hogar. Nuestra hija ya cumple muy bien el papel de ayudante para que su papá reciba bendición. Cuando nos sentamos a la mesa, dice: “Seo-ah va a orar. Papá, tú también ora”, y los tres oramos juntos antes de comer. Antes de dormir, nos apremia diciendo: “Mamá, ve y abraza a papá. Dile ‘te amo’”, y así compartimos con frecuencia palabras de amor en familia. Cuanto más nos convertimos en una familia llena de amor, más creo que todos nosotros recibiremos mayores bendiciones de Dios.

    No soy una persona que llore fácilmente. Sin embargo, últimamente, cuando escucho cierto cántico nuevo, las lágrimas brotan sin darme cuenta.

    “Padre nuestro, Cristo Ahnsahnghong, siempre lo llamo con gratitud [...] Con los treinta y siete años de sacrificio nos dio salvación. Gracias a su santo amor la vida eterna nos dio”.

    Al escuchar el cántico nuevo, vienen a mi mente las escenas que vi en los videos sobre el sacrificio del Padre, y cómo Él transmitía con tanto anhelo la Pascua, uno por uno. Por eso tomo la resolución de seguir el camino del evangelio que recorrieron el Padre y la Madre, y anunciar la noticia de la salvación a muchas personas. Recientemente he acompañado a los hermanos de Sion cuando salen a predicar. Me preguntaba si yo podría anunciarla con valentía como ellos. Aún soy inexperta, pero creo que, en Dios, quien da poder a los que creen y piden, podré hacerlo. Así como yo, que no sabía nada acerca de la Biblia ni de Dios, he venido ante Él, también los miembros de la familia celestial que aún no han sido encontrados escucharán la voz de Dios y vendrán. Deseo reunir valor y transmitir la palabra a mi alrededor, para que pueda ser de alguna ayuda, aunque sea pequeña, en la marcha del evangelio que busca a la familia celestial. Me esforzaré por ser una obrera del evangelio digna ante Dios, hasta encontrar a la familia celestial con la que pueda compartir la felicidad que hemos encontrado en Dios.
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