La voz de Dios que se escuchó en tierra extranjera
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Sugar Tsagaandari / Japón
Dejé Mongolia, donde nací y crecí, y ahora que he conocido al Dios verdadero al otro lado del mar, en Japón, siento como si estuviera soñando. El haber podido venir a Sion en este lugar donde casi no conozco a nadie, ha sido gracias a que Dios me ha guiado.
El lugar donde estoy es Toyama, en la isla principal de Honshu, Japón. Un día asistí a una reunión de mongoles que viven en Toyama, y había un joven que parecía amable y apacible. Escuché que era cristiano, que es poco común entre los mongoles, así que me interesé, pero como casi no nos encontrábamos y solo conocía su nombre, no me atreví a dirigirle la palabra.
Luego empezamos a saludarnos por mensajes, y él me envió un video sobre la Pascua, que es un mandamiento de Dios. Quise saber más, así que le pedí que nos viéramos para conversar. Cuando nos encontramos en persona, vi un video de presentación de la iglesia a la que él asistía. Las escenas de los hermanos sirviendo en el video conmovieron mi corazón. Me emocioné, sin saber por qué, al ver esa actitud llena de sinceridad y amor para ayudar al prójimo. Pensé que, si era una iglesia a la que asistían personas así, podría confiar en ella.
Cuando estudié sobre el nombre nuevo de Jesús, el Salvador de la época del Espíritu Santo, sentí una alegría tan grande por haber hallado por fin la verdad, que las lágrimas brotaron de mis ojos. En realidad, tras mudarme a Japón, estuve asistiendo durante un año a una denominación protestante que conocí en mi etapa de secundaria. Sin embargo, en el fondo sentía una constante inquietud, pues, aunque planteaba mis dudas, las respuestas no lograban convencerme. En cambio, la explicación de este hermano, que asistía a la Iglesia de Dios, fue sumamente clara; no eran simples palabras, sino que siempre me enseñaba el fundamento en la Biblia.
Durante aproximadamente un mes, después del trabajo, estudié la Biblia de manera constante. Todo lo que leía era tan nuevo y sorprendente que no me daba cuenta de cómo pasaba el tiempo. El Día de Reposo, la Pascua y el Cristo de su segunda venida que ha venido a esta tierra según las profecías: todas las palabras de la verdad tocaron mi corazón. Tuve la convicción de que la Iglesia de Dios es la iglesia de la verdad, y yo también deseaba recibir la salvación en esta iglesia.
Cuando escuché que en Toyama todavía no había una Iglesia de Dios, me sentí un poco triste, pero aun así no podía perder esa bendición. Me levanté alrededor de la una de la madrugada del sábado, tomé el coche de un hermano de la iglesia y viajé seis horas hasta llegar a Sion en Nagoya. Allí recibí de inmediato la bendición de la nueva vida y participé en el culto del Día de Reposo. Aunque todavía no me acostumbraba, alabé a Dios con el cántico nuevo y me concentré en el sermón. Como era la verdad que encontré en una tierra extranjera tan lejana, cada palabra era realmente preciosa para mí.
También me conmovió la manera de ser de los hermanos de Sion en Nagoya, a quienes conocí por primera vez. Cada uno tenía su propia personalidad, pero sin excepción todos me hicieron sentir el corazón cálido. Me gustó esa amabilidad que no parecía forzada ni fingida, sino que brotaba del corazón. Al principio sentía timidez y vergüenza, pero ahora soy feliz en los momentos que comparto con los hermanos, y cada uno de ellos se siente como una familia amorosa.
Después de asistir a mi primer culto, continué el estudio bíblico en línea con el misionero. Cuanto más profundizaba en la palabra, más crecía mi fe hacia el Padre y la Madre celestiales, y aumentaba mi deseo de dar a conocer la verdad a mi hermana menor, que también cree en Dios. Mi hermana iba a venir pronto a Japón, y yo deseaba que recibiera al Dios verdadero y encontrara esperanza y consuelo aun en una tierra extranjera.
Llamé a mi hermana para contarle que había comenzado a asistir a la Iglesia de Dios y le recomendé que fuera a Sion, cerca de su casa, para escuchar la palabra. Sin embargo, ella estaba muy ocupada con el trabajo y no pudo sacar tiempo. Además, al mudarse, quedó lejos de la Sion que yo le había indicado. Entonces, un día, mi hermana se comunicó de repente conmigo y me dio una noticia sorprendente: había recibido el bautismo en la Iglesia de Dios. Me dijo que, por casualidad, se encontró con hermanos de Sion cerca de la casa a la que se mudó, escuchó la verdad y recibió a Dios; y que solo al ver el letrero de la iglesia se dio cuenta de que era la misma iglesia a la que yo asistía. Me pareció maravilloso el obrar de Dios, que llama a sus hijos en cualquier momento y lugar, y di gracias a Dios por haber respondido a mi oración de que guiara a mi hermana.
Últimamente, incluso cuando miro al cielo, o cuando como algo delicioso, me brota gratitud al pensar: “El Padre y la Madre siempre nos dan cosas buenas”. Sobre todo, doy gracias por habernos prometido el cielo, que es más valioso que cualquier cosa del mundo. Por eso, estoy esforzándome por corregir mi carácter, que se enoja con facilidad y no quiere perder. Aunque ese proceso no sea fácil, como la bendición que Dios me dará es mucho mayor, oro y me esfuerzo para llegar a ser alguien que agrade a Dios.
En el camino que recorrieron los antepasados de la fe en la Biblia, hubo innumerables obstáculos y sufrimientos. Comparado con eso, yo estoy caminando por el camino de la fe con comodidad. Para salvar a sus hijos que viven en esta época, Dios ha planeado todo durante mucho tiempo y lo ha preparado perfectamente; pero mi fe, en comparación con la de los antepasados de la fe o con la de los hermanos celestiales que están a mi lado, es pequeña y débil. Cada vez que miro mi falta, me avergüenzo, pero me propongo guardar la fe hasta el final para que el amor que Dios me ha concedido no sea en vano. Buscaré pronto a los hermanos celestiales que anhelan la palabra de Dios, y compartiré con diligencia el amor y la verdad que he recibido de Dios para que también en Toyama pueda establecerse Sion.