El poder del amor de la Madre que cumple las profecías
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Janet Iyer / India
En India hay cientos de idiomas y aún más dioses. Entre ellos, mi familia era católica. Aun mientras crecía, mi fe no cambió. Esto se debía a que, en otras religiones y en otros dioses, no podía encontrar un amor tan grande como el sacrificio de Cristo en la cruz por la humanidad. Conmovida por ese sacrificio, creí en Dios y viví mi vida de fe con fervor, afirmando que solo aquí había salvación. Tras completar durante dos años un programa de educación bíblica y recibir la misión de evangelizar, se volvió parte de mi vida cotidiana llevar la palabra a cada comunidad a la que pertenecía.
Sin embargo, cuanto más aprendía la doctrina, más empezaron a llamarme la atención, una a una, las partes que se desviaban de las enseñanzas bíblicas. Es claro que Dios dijo que no debíamos adorar ídolos ni hacerlos, pero había ídolos por todas partes en el lugar de culto. También me preguntaba por qué celebraban cada semana la santa cena, si Jesús la celebró solo la noche anterior a su sufrimiento en la cruz. Cuando preguntaba a los líderes, solo ponían toda clase de excusas y no podía escuchar una respuesta clara.
“¿Será posible recibir la salvación sin obedecer la palabra de Dios?”
La duda se convirtió en ansiedad, y me dio miedo pensar que quizá hasta ahora había estado corriendo en dirección opuesta al cielo. Como mi única esperanza era ir al cielo, empecé a buscar la verdad segura que se practica conforme a la Biblia. Con entusiasmo fui a una iglesia tras otra, pero en todas surgían las mismas preguntas.
El único método que me quedaba era la oración. Cada día me aferraba a Dios, rogándole que salvara mi alma sin falta. Entonces conocí a alguien que predicaba la palabra de Dios. La expresión “la palabra de Dios” me impactó tanto que solo después me di cuenta de que él era coreano. Él abrió la Biblia y me explicó que debíamos guardar el Día de Reposo y la Pascua. Como eran palabras que estaban en la Biblia, no podía negarlas. Después de estudiar la palabra algunas veces más, creí que en la iglesia a la que él asistía estaba la verdad y me convertí en miembro de la Iglesia de Dios. Era una casa iglesia muy pequeña, pero recuerdo que, cuando fui por primera vez, dos hermanos cantaban un cántico nuevo, y de algún modo sentí que este era realmente una gran iglesia.
Una semana después estudié acerca de Cristo de su segunda venida. Pero me dijeron que Cristo de la segunda venida había venido a Corea. Era algo desconocido para mí, y me parecía aún más difícil aceptarlo porque lo sentía tan lejano como la distancia entre India y Corea. Aunque parecía ser la iglesia verdadera, estaba confundida sobre qué decisión debía tomar. Al final, en lugar de ir al culto del Día de Reposo, oré en casa como antes, pidiendo que, por favor, me permitiera encontrar al Dios verdadero.
El lunes siguiente, ya tenía que tomar una decisión. Justo tenía un asunto cerca, así que pasé por allí y luego dirigí mis pasos hacia la iglesia. Le pedí a Dios que me diera una respuesta: si en ese momento no había nadie en la iglesia, no asistiría a este lugar; pero si había alguien, nunca lo dejaría por el resto de mi vida. Ahora que lo pienso, era un pensamiento arrogante. De hecho, yo sabía que a esa hora no habría nadie en la iglesia, y en cierto modo ya había tomado una decisión por mi cuenta.
Cuando toqué la puerta, con el corazón temblando, dos hermanos abrieron y me dieron la bienvenida. Ellos me dieron a conocer la existencia de Dios Madre. No pude ocultar mi asombro ante una verdad tan segura, que nunca había escuchado en ningún otro lugar. Pude sentir en mi corazón que el señor Ahnsahnghong, quien nos reveló con tanta exactitud el último secreto de la Biblia, era la raíz de David y el Padre de mi alma. Al confirmar la profecía de que Cristo en su segunda venida vendría del oriente, ya no tenía razón para dudar.
Desde ese día, nunca me he alejado de Sion. En aquel entonces, desde mi casa hasta la iglesia hacía una hora a pie. Que entre las dos únicas iglesias que había en India en ese tiempo, una estuviera tan cerca, y que los hermanos de esa iglesia me predicaran el evangelio entre tantas personas, fue como un milagro. Aunque al abrir los ojos después de orar en Sion, lo único que veía delante de mí eran dos o tres hermanos, sin duda era la ciudad de la verdad y el cálido abrazo de Dios. Aquel día en que caminé hacia la iglesia orando con fervor y toqué la puerta, mi destino cambió. Desde entonces, cuando veía a personas que no podían aceptar la verdad, me acordaba de mí misma en aquel tiempo, y les predicaba con más fervor y con más diligencia.
Por supuesto, guiar a un alma es realmente difícil. Para las personas de India, servir a un dios es la vida misma. Aunque uno tenga la certeza de que es la verdad, no es fácil cambiar en un instante una vida que ha continuado durante toda la vida. Sin embargo, yo pude venir a Sion por la gracia de Dios, y con la fe de que, si yo pude, otros también pueden, prediqué una y otra vez. No solo yo, sino que todos los hermanos de India tendrán el mismo sentir. Aunque hubiera dificultades y pruebas, todos se dedicaron con la convicción de que la salvación está únicamente en Dios Elohim.
Ahora, después de más de veinte años, el evangelio se ha predicado en la mayoría de las regiones de India. Sion, que antes era solo dos lugares, se ha multiplicado en cientos, y no se puede contar cuántos idiomas se usan en Sion. Al ver a los hermanos de diversos orígenes y culturas hacerse uno en Sion, siento que se está cumpliendo la profecía de la Biblia: “Alza tus ojos alrededor y mira, todos estos se han juntado, vinieron a ti” (Is 60:4). Una profecía que antes solo entendía de manera literal, ahora parece estar viva y en movimiento, mientras la Madre celestial misma nos guía con amor, y nosotros, imitando ese amor, lo practicamos.
Cuando visité Corea y conocí a hermanos de diferentes países, pude sentir aún más claramente que el agua de la vida de la Madre se ha transmitido por todo el mundo. Al pensar en la Madre, quien durante tantos años debió haber cultivado el campo del evangelio en medio de innumerables sufrimientos, me duele mucho el corazón. Aunque ella es Dios, el cansancio de la carne debe de ser igual al nuestro; aun así, lo soporta todo solo por amor a sus hijos y completa todas las profecías. Le doy un profundo agradecimiento a la Madre.
Hoy también vivimos y sonreímos por ese amor. Quiero dar a conocer aún más el amor que se me ha permitido. Espero sinceramente que muchas personas permanezcan en el amor del Padre y la Madre celestiales, y que experimenten la plena felicidad y bendición que yo siento. El Padre y la Madre son verdaderamente el camino, la verdad y la vida. Cada vez que en el camino de la fe enfrenté dificultades o tareas, elevé oraciones a la Madre y pedí su ayuda. Sé que estoy aquí hoy gracias al Padre y la Madre, quienes escucharon mi oración de que, ya sea cuando yo fuera fuerte o débil, no quería alejarme del cielo, y que, por favor, no me soltaran.
Practicaré el dar amor, como lo hace la Madre, y me esforzaré sin cesar por la salvación de un alma. Así como la Madre siempre me ha sostenido y por eso existo como soy hoy, yo también, con el amor de la Madre, tomaré de la mano a la familia celestial y, con todo mi corazón y mis fuerzas, caminaremos juntos hasta la patria celestial.