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El Evangelio del Reino en Todo el Mundo

Los cambios que ocurren en el mundo invisible

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  • Escuchando las fragancias de Sion que llegaban volando desde distintas partes del mundo, abrigué el sueño de ser una misionera en el extranjero. En el tercer año desde que empecé a alimentar ese sueño, que me hacía latir el corazón tan solo al ver la palabra, lo hice realidad en Taupo, Nueva Zelanda.

    El nombre de Taupo proviene del nombre del lago más grande de Nueva Zelanda. Es una ciudad a la que acuden turistas no solo de Nueva Zelanda, sino también de muchas partes del mundo para ver su hermoso lago y sus paisajes naturales; sin embargo, la población que se establece y vive aquí es de aproximadamente veinte mil personas. Entre ellos, se reunieron los hermanos celestiales que anhelan a Dios Elohim, y se estableció la iglesia sucursal de Taupo.

    Como Taupo es una ciudad pequeña, durante los últimos años ha habido muchos casos en los que los hermanos locales, al predicar la palabra, se han encontrado con las mismas personas varias veces. Hay quienes, aunque se encuentren repetidamente, los tratan con una sonrisa; pero también hay ocasiones en las que, aun cuando uno intenta explicar la manera de ser protegido de los desastres, la persona solo se fija en la palabra “desastre” y muestra una reacción negativa. Me daba pena ver que, tal vez porque habían vivido una vida ardua y vinieron a disfrutar tranquilamente su vejez, o porque habitan en un entorno pacífico, parecían no sentir gran emoción ante la promesa de Dios de bendecirlos para siempre.

    Aunque uno predique la palabra todos los días, si no hay frutos visibles, el corazón podría decaer; pero los hermanos de Taupo avanzan en silencio, buscando a la familia celestial. Así como, en la época del Antiguo Testamento, cuando Jeremías proclamó la profecía de Dios, el pueblo de Israel lo rechazó, pero él anunció hasta el final la voluntad de Dios, los hermanos de Sion también, apoyándose en la palabra del agua de vida que Dios les da en cada tiempo, no se rinden y difunden la noticia de la salvación. Yo también, creyendo en la palabra de que a la obediencia le sigue la paciencia y finalmente viene la bendición, prediqué el evangelio con constancia. Con el paso del tiempo, verdaderamente se abrió de par en par la puerta de la bendición, y nuevos hermanos comenzaron a venir a Dios uno tras otro.

    Un día, los hermanos fueron a visitar a una persona, pero ella se había mudado y había un nuevo residente. Al escuchar que veníamos de la iglesia, el nuevo vecino mostró interés diciendo: “No asisto a una iglesia, pero creo en Dios y en la Biblia”. Gracias a ese encuentro, después de estudiar la verdad algunas veces, ella recibió la bendición de la nueva vida junto con su hija. Desde entonces, la hermana venía cada día a Sion sin posponer ni cancelar sus citas, y estudiaba la palabra y también asistía al culto. Más tarde supe que un primo de la hermana, que vive en otra región, también había recibido la verdad hacía seis meses, lo cual me sorprendió. Doy gracias al Padre y a la Madre por permitirnos encontrar a la familia celestial en un lugar inesperado y por haber guiado de antemano incluso a la familia de la hermana hacia la salvación.

    Otra hermana que recibió a Dios recientemente nos dio la bienvenida desde la primera vez que la conocimos. Ella decía que realmente amaba la palabra de la Biblia. Hace mucho tiempo, ella llegó a saber que la voluntad de Dios es guardar el culto del Día de Reposo, y no el culto del domingo; por eso fue a la iglesia a la que asistía en ese entonces para decírselo, pero nadie la escuchó. Pensando que no podía ir a una iglesia que no siguiera la verdad, desde ese momento dejó de asistir y examinaba la Biblia sola hasta que nos encontró. La hermana, que estaba espiritualmente muy sedienta, al escuchar la verdad del Día de Reposo, la verdad de Dios Madre y las profecías de Daniel y del Apocalipsis, recibió el bautismo con gozo y gratitud.

    Un día ocurrió algo sorprendente. Yo uso un nombre en inglés en Sion, y un día la hermana, de repente, dijo mi nombre real y preguntó si esta persona estaba en nuestra iglesia. Cuando le dije que era mi nombre, la hermana se quedó muy sorprendida. Dijo que, cuando le contó a su hija que había empezado a ir a la Iglesia de Dios, su hija le dijo que conocía a alguien de esa iglesia y le dio ese nombre.

    Cuando yo recién estaba adaptándome a Taupo, una vez conversé con una farmacéutica en una farmacia, le presenté la iglesia y le recomendé que la próxima vez escuchara la palabra. Esa farmacéutica, que solo conocía mi nombre coreano escrito en la receta que me dio el médico, resultó ser la hija de la hermana. En ese entonces no volvimos a encontrarnos, pero como la hermana fue guiada primero a Sion, su hija también tuvo la oportunidad de escuchar el evangelio. Además, la madre de otro nuevo miembro resultó ser una persona a la que yo le había predicado el evangelio el año pasado. Esa persona, que dijo que se acordaba de mí, prometió venir a Sion la próxima vez para estudiar la palabra.

    A través de estas dos experiencias, me di cuenta de que la semilla de la palabra sembrada con esmero brota en algún momento y en algún lugar. Para todo hay un tiempo señalado. Yo no conozco ese tiempo, pero el Padre y la Madre lo saben todo. Además, ellos me enseñan qué camino debo tomar y qué debo hacer. Como sé que al final del camino de seguir la guía del Padre y la Madre está preparado un mundo de gloria y felicidad infinitas, aunque hoy no vea resultados inmediatos, no me desanimo y me esfuerzo por predicar la palabra aunque sea a una sola alma más. Porque creo que una sola acción puede convertirse en un punto de inflexión que cambie muchas cosas en el mundo invisible.

    Deseo seguir obedeciendo la palabra de Dios y llegar a ser una hija madura que haga sonreír al Padre y a la Madre. Hasta el día en que encuentre a toda la familia celestial que está en Taupo, no habrá rendición. ¡Kia Kaha*!

    *Palabra maorí que significa “¡Ánimo!”
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