“Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; En su palabra he esperado. Mi alma espera a Jehová Más que los centinelas a la mañana, Más que los vigilantes a la mañana. Espere Israel a Jehová, Porque en Jehová hay misericordia, Y abundante redención con él.” (Sal 130:5–7)
Cuando fue registrado este salmo, ¿qué significado habrá tenido la mañana para un vigilante? Probablemente habrá representado ‘una espera anhelante’. No existía la luz eléctrica como hoy en día, y debían sobrellevar la noche oscura apoyándose apenas en una antorcha. En medio de una negrura total, sin saber en qué momento podría atacar el enemigo, puedo imaginar el miedo y la tensión que pudo haber sentido el vigilante. La noche parecería transcurrir lentamente, y con todo su corazón anhelaría que llegara la mañana, cuando todo a su alrededor comenzaba a iluminarse.
Así, nuestras almas, aún más anhelantes que el vigilante que espera la mañana, esperaron a Dios. Aunque nuestro futuro parecía completamente oscuro, después de haber cometido el pecado de muerte y haber descendido a esta tierra, recibimos la mañana, gracias a la misericordia de Dios y a la abundante gracia de su redención. Ahora esperaré la mañana eterna del cielo, que viviré junto al Padre y la Madre celestiales, preparando abundantemente el aceite de la fe y buscando a la familia celestial que aún espera la mañana en medio de la oscuridad.