De acuerdo con la ley justa y misericordiosa de Dios
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Gineth Paola / Colombia
Hace apenas unos meses, yo buscaba un lugar de apoyo debido a desafíos familiares y personales relacionados con la crianza de mi hija. En medio de la inquietud, surgió el pensamiento de acudir a Dios, con la esperanza de hallar solución. Mientras buscaba programas cristianos, se presentó la oportunidad de conocer a miembros coreanos de la Iglesia de Dios. Fue sorprendente y conmovedor pensar que Dios podría haber enviado a esas personas para guiarme, y al mismo tiempo surgió cierto pesar al reconocer que la búsqueda de Dios había ocurrido solo en tiempos de necesidad.
Lo primero que me enseñaron fue la verdad acerca de Dios Madre. Resultó impactante descubrir en la Biblia que la divinidad en la que creía no es uno solo, sino dos: Dios Padre y Dios Madre. Curiosamente, aquello no resultó del todo desconocido: Recordé que años atrás, también personas coreanas habían mencionado la presencia de la Esposa del Espíritu. En aquel entonces, la comprensión quedó limitada a la idea de que “Dios está con la Esposa”, pero esta vez surgió un deseo profundo de comprender quién es Dios Madre y cómo se recibe la salvación. Los miembros coreanos que habían llegado con la misión de compartir el mensaje de salvación, respondieron a mis preguntas a pesar de que su español era limitado, mezclando el inglés. Poco después, quedó grabado en el corazón que el Espíritu y la Esposa, que nos dan el agua de la vida, son mis Padre y Madre espirituales. Con sincera emoción, recibí la bendición de una vida nueva, creyendo firmemente que Dios había respondido a mi oración que lo buscaba.
Es mi naturaleza preguntar hasta comprender completamente cada vez que adquiero un nuevo conocimiento. Lo que más me agradó mientras aprendía la verdad en Sion fue que recibía una respuesta clara a cada una de mis preguntas. Me enseñaron con certeza a través de la Biblia cómo es el reino de los cielos y quién es Dios. Llegué a tener la convicción de que esta iglesia, que no añade ni quita a las palabras de la Biblia, es verdaderamente la iglesia que sigue la verdad en su forma original.
Fue después de comenzar la vida de fe en Sion que mi vida halló estabilidad. Hasta hace unos años, tenía que llevar a cabo la crianza de mi hija en solitario, compaginando los estudios con dos o tres trabajos. Tras la graduación, al ejercer la abogacía, la situación económica mejoró, pero como suele suceder en la vida, surgían incesantemente nuevas preocupaciones. Sin embargo, desde que me apoyé en el Dios verdadero, sentí paz en el corazón al percibir con certeza que Dios cuidaba de mi espíritu y cuerpo. Mi hija, por quien no podía dejar de preocuparme, también experimentó un cambio positivo en su interior y en su conducta al recibir las enseñanzas de Dios en la Sion llena de amor. Mi madre, tras escuchar sobre la verdad con tan solo unos pocos versículos de la Biblia, preguntó si ella también podía recibir la bendición de Dios y recibió el bautismo con una actitud piadosa. Al ver a mi madre, quien vivió días arduos durante largos años, disfrutar de una paz y un descanso que nunca antes había conocido dentro de la verdad, comprendo cuán valiosa es la ley que Dios mismo estableció para nuestra salvación.
Al tratar con las leyes del mundo, a veces surge el escepticismo. Aunque la ley sirve como criterio para proteger los derechos y resolver disputas, es difícil y compleja, por lo que no es fácil para las personas recibir sus beneficios. Al ser una creación humana, también tiene sus imperfecciones. Además, a medida que la sociedad se vuelve más fría y desaparecen la misericordia y generosidad, se ve con frecuencia que las personas no logran armonizar, teniendo la ley como frontera. Sin embargo, la ley de Dios es diferente. La ley de Dios está constituida con absoluta claridad sobre la base del amor. Sobre todo, dado que el Padre y la Madre dieron ejemplo personalmente al obedecer los decretos, nosotros solo debemos seguir ese ejemplo. Es verdaderamente una gracia de Dios que mi familia siga esta ley perfecta del cielo, desechando las preocupaciones del mundo y hallando la paz.
Agradeciendo la gracia recibida hasta ahora, y aun con una fe insuficiente, se me presentó la oportunidad de visitar Corea. Mientras volaba durante un largo tiempo hacia Corea, al otro lado del Pacífico, literalmente al otro lado del planeta, sentí una gran emoción al pensar en la familia espiritual de Corea. “Han volado esta larga distancia para predicarme la verdad. Gracias a eso, he podido venir así a encontrarme con la Madre celestial”.
En el Aeropuerto Internacional de Incheon, al que llegué tras volar decenas de horas, al encontrarme con los miembros que venían de diversos países, sentí como real la profecía de que muchas naciones correrán a Jerusalén, y sentí felicidad por recibir la gloriosa bendición de ser protagonista de esa profecía. Pensé que al ver a la Madre simplemente sentiría más felicidad y comodidad, pero fue totalmente diferente a lo esperado. Al estar ante la Madre, recordé la imagen de mis días pasados en los que cometía pecados sin conocer la verdad, y sentí un profundo remordimiento. Al ser recibido en los brazos de la Madre, quien tuvo que soportar años de sufrimiento debido a mis pecados pero que no me reprendió en lo absoluto, tomé la determinación de vivir una vida de arrepentimiento de ahora en adelante.
Hay algo que me ha llegado más profundamente al ir y venir de Corea. Es la labor y el sacrificio de los miembros por el evangelio. No solo los miembros coreanos, sino los miembros de todo el mundo se sacrifican y se dedican a predicar el evangelio. Para buscar a toda la familia celestial perdida, no dudan en tomar aviones durante decenas de horas para ir a vivir a lugares desconocidos al otro lado del planeta, ni en asumir la labor de aprender idiomas extranjeros con los que nunca habían tenido contacto. Debe ser porque se asemejan a los Padres celestiales. Pues el Padre y la Madre, siendo el Dios todopoderoso, vinieron en la carne débil igual a la nuestra y soportaron el dolor y las dificultades para buscar a sus hijos.
Más que desear el sacrificio de Dios y la labor de los miembros, deseo convertirme en un obrero que se sacrifique primero por el evangelio. Predicaré diligentemente esos decretos para que muchas personas gocen de amor y paz dentro de la ley perfecta de Dios. Oro para que Dios, quien dio bendición al apóstol Pablo y lo usó como instrumento del evangelio, me conceda la misma bendición.