El cielo añil que se extiende con claridad y el mar añil sumido en una profunda quietud. Aunque ambos sean llamados azul añil, el tono que se percibe en ellos es ligeramente diferente.
Y el verdadero azul obtenido del índigo, una planta anual, va adquiriendo una profundidad diferente cuanto más se repite el teñido. El pigmento azul extraído del índigo fresco no se disuelve directamente en agua, por lo que debe pasar por un proceso de fermentación en un ambiente alcalino para transformarse en un estado capaz de penetrar en las fibras. Las hojas cortadas se sumergen en agua para extraer el pigmento azul; después, al añadir cal y removerla, se forma un sedimento llamado niram. Ese niram se mezcla con lejía de ceniza, levadura y otros ingredientes, y tras un largo período de maduración se obtiene el tinte añil.
En ese proceso, cuanto más se repite el acto de sumergir y sacar la tela del tinte añil, más intenso y profundo se vuelve el color, como si las capas del azul añil fueran acumulándose una sobre otra. Y el color que ha penetrado profundamente no se desvanece con facilidad, sino que conserva su tonalidad original aun con el paso del tiempo.
Así como el azul añil se vuelve más profundo tras repetidos teñidos, también nuestra fe se profundiza a medida que repetimos la paciencia y el refinamiento. Mientras soportamos incluso las pruebas que nos humillan, oramos y llenamos nuestra alma con la palabra, la emoción y la gratitud van impregnando cada rincón del corazón. Y una fe así, profundamente impregnada, no pierde fácilmente su brillo ante las pruebas ni se desvanece aun con el paso del tiempo.